Espejo

Espejo

Encontré el espejo en una venta de Bazar Navideño, en Coyoacán. De estas ventas que organizan las esposas de los amigos, y que moralmente, no puedes fallar.

     El Bazar contaba con lo mismo de siempre: los arreglos navideños, los adornos gringos o chinos importados a precio de oro, los manteles bordados, cachivaches en verde y rojo. La organizadora del Bazar venía de la India, y eso rescataba un poco el surtido: elefantes de madera, jinetes del Rajastán esculpidos en plaquetas de hueso blanco pulido porque el marfil ya no era políticamente correcto, los dioses del panteón hindú: Ganesh, el elefante, Kâli, Siva, Krishna… Telas de seda se amontonaban al lado de tapetes de Afganistán. Pinturas en tela delgada al estilo persa contaban historias de Shereazad.

     El espejo estaba escondido detrás de un árbol de Navidad gigantesco. Mi amigo Juan José (el esposo de la organizadora) me explicó que el árbol medía dos metros cincuenta y tenía tres mil adornos. Ni uno más, ni uno menos. Casi se mata colocando la estrella en la cima del pino.

     Di la vuelta al árbol para examinar el espejo. Ni se veía tan bien: la única luz que le llegaba era la de los foquitos de Navidad colgados en el pino titánico de Juan José.

     Era un espejo cuadrado, bastante empolvado, de aproximadamente un metro cincuenta u ochenta de lado. Un espejo grande. Tenía un marco de metal labrado, de unos veinte centímetros de ancho. El marco era de acero, u hojalata, trabajado a mano, con secciones: diez centímetros tenían como barras en relieve, después una flor esculpida en forma de margarita, hecha de cuatro corazones, otras barritas, y luego otra flor. En la parte superior del marco, de cada lado, las barritas se encorvaban formando unos arcos que se topaban con una voluta. En medio de las volutas había como un espejo chiquito, ovalado, con festones.

     Le pregunté a Juan José, que se estaba enredando en una guirnalda de Navidad:

     ‑ ¡Oye! El espejo está precioso. ¿De dónde lo sacaron?

     ‑ No sé. Déjame preguntarle a Benazir.

     Así se llamaba la esposa. Y creo que no era de la India, más bien de Pakistán. Eso me dijo una vez un amigo francés que había nacido allá, antes de acabar en México. Regresó Juan José con Benazir, y volví a preguntar:

     ‑ Benazir, este espejo es una maravilla. ¿De dónde viene? ¿De allá?

     ‑ No. No es de “allá”. ¡Es de acá! Creo. Venía en un lote de cosas que compré a un arquitecto.

     ‑ ¿Porqué un arquitecto?

     ‑ Porque él hace muchas remodelaciones, entonces acaba con muchos… ¿Cómo dicen?

     ‑ Chunches, dijo Juan José.

     ‑ ¡Eso! ¡Chunches! Cosas. Mugres. Perdón. ¡El espejo, no!

     ‑ Me fascina, dije. ¿Cuánto?

     Benazir empezó como siempre, cuando se ponía la cachucha de negociante:

     ‑ Pues, no sé… Se quedó aquí mucho tiempo… Tendría que ver las facturas. De hecho, sólo lo dejé aquí porque no cabía en ningún lado…

     ‑ ¡Benazir, no empieces! Ya estás calculando cuanto me vas a estafar. Y siempre sumas, nunca restas, así que… Di un precio. De amigo.

     Ella se río:

     ‑ ¡Tss! ‘Tá bien. ‘Tá bien. Por mil pesos, te lo llevas.

     ‑ ¡Va! Por mil pesos. Pero me lo traen mañana.

     ‑ ¡Ay! ¡Tú! ¿Y el flete?

     ‑ No seas arbana, tú tienes camioneta, y yo no. ¿Mañana?

     Benazir suspiró:

     ‑ Bueno. Mañana.

     La negociación terminó con un cheque, “que tarjeta, no. American Express cobra demasiado, que las comisiones, etc.”. Llené el cheque. En este mes de Diciembre, demasiadas memorias no me dejaban muchos ánimos para discutir.

     A pesar de todo, estaba encantado con mi compra, y me uní a la posada. Mucho frío. Mucho Tequila. Llegaron los Mariachis. Todos cantamos abrazados, las mismas canciones de siempre. Memo estaba entre abrazo y faje con una chica que no era su mujer. A pesar del ponche caliente, me ganó el frío y me fui a dormir solo.

*

El espejo llegó el sábado en la tarde. Pesaba tonelada y media. Entre el portero, los muchachos de la camioneta de Benazir, y yo, apenas logramos subirlo a mi departamento. Más trabajo nos costó colgarlo. Se fueron todos con una propina exagerada, y empecé a limpiar el espejo, montado en un banquito tan inestable que me hizo pensar en Juan José y su casi caída mortal.

     Limpiar el cristal necesitó una botella y media de Maestro Limpio. Yo no sabía si era apropiado para espejos, pero era lo único que tenía disponible. Para el marco utilicé una solución para plata. No salió tan mal.

     Cuando terminé, ya eran casi las seis. Me senté a descansar en el sofá de la sala. Mi departamento está en los dos últimos pisos de un viejo edificio tambaleante de la colonia Roma. La dueña del edificio insiste cada año que es un “Penthouse”, para subirme la renta. ¡En Dólares! Yo le contesto que no. Que no hay chicas desnudas, como en el verdadero Penthouse, o por lo menos, hace un buen que no hay chicas, encueradas o vestidas en el depa. Y agrego que en caso de temblor, yo voy a ser el primero en caer a la calle. Nada más se ríe la dueña, y terminamos la negociación a la mitad, los dos felices de haber ganado algo.

     Penthouse o no, me gusta el apartamento. La entrada está en el penúltimo piso. Un pasillo lleva a una enorme sala‑comedor, con plantas, y vista al occidente. Hay una terraza que cerré y mandé cubrir con un domo, que llega hasta el techo del edificio. Las raras veces que llego a mi casa temprano, me echo unos atardeceres brutales.

     Saliendo del pasillo, a mano derecha, una escalera abierta sube a las recamaras. En el último piso, hay como un balcón interior. Abajo del balcón está una pared inmensa donde colgué el espejo.

     Puse música. No me acuerdo bien cuál. Kenny G.? ¿Lionel Ritchie? ¿Un concierto clásico? ¿Sting? No sé. Era algo suave. Diciembre siempre me ponía melancólico. Me preparé un clamato, y me senté a disfrutar la tarde y el espejo.

     De donde estaba sentado, veía el atardecer en estéreo: por las ventanas, y en el espejo. Los rojos y amarillos del sol jugaban con el marco metálico. Mi apartamento se reflejaba en el espejo, con los objetos acumulados, un desnudo en bronce que me había regalado… Los alebrijes que habíamos comprados en Oaxaca se veían más monstruosos que de costumbre…

     Cuando ya casi no se veía nada, me paré a prender la luz. No llegué hasta el contacto. Algo se movía en el espejo. Una silueta. Pero no era mi reflejo. Sentí que me inundaba el cuerpo la adrenalina. ¿Alguien se movía en el apartamento? ¿O en el espejo? ¿Alguien se hubiera metido a mi casa? Prendí la luz.

     No había nadie. Recorrí todo el apartamento. Nada. La puerta de entrada estaba bien cerrada. ¿Fantasmas de mi imaginación? Le eché un ojo a mi vaso de clamato. Estaba casi terminado, pero no era para tanto. Me paré enfrente del espejo. Solo se veían mis muebles, las plantas, el conjunto familiar de mis cosas…

     No le hice mayor caso. Preparé cualquier cosa para cenar. Cuando terminé, recogí los platos, lavé la loza. Recorrí el apartamento, apagando las luces abajo. Sólo quedaba una lámpara prendida en la sala. La apagué… Y… Se prendió el espejo.

     ¡Se prendió el espejo, como si tuviera una pequeña, bajita luz interna! Toda la piel del cuerpo se me enchinó.

     Lo que ahora veía en el espejo no tenía nada que ver con el lugar donde yo estaba parado. Era como una habitación en un hotel. Más bien una pequeña “suite”: junto al espejo, del otro lado, se veían dos camas matrimoniales, tendidas de blanco, con su buró, su lámpara de Talavera; más allá de las camas, había una rejilla de fierro forjado, que separaba las camas de una pequeña sala de estar, abajo de unos tres escalones. Había una mesita de centro, de vidrio, sobre una base metálica. Unos sillones de madera rústica. Todo estaba en tonos blancos, y morados. Había flores: alcatraces en un florero. Al fondo, una ventana ocupaba toda la pared, sin que la noche dejara adivinar nada del lugar afuera.

     Me quede como atontado cinco minutos. Me froté los ojos. Nada. Prendí la luz. Se reflejaba mi apartamento en el espejo. La apagué, regresó la otra habitación en el espejo. Se apagaba la imagen extraña cuando yo prendía mi luz. ¡Y se prendía cuando apagaba aquí! Volví a prender la luz y examiné el espejo, sobre todo el marco, buscando un truco, una conexión eléctrica. Nada.

     Apagué la luz y me senté en mi sala, tratando de entender. Ahí estaba el reflejo extraño en el espejo, o del otro lado. Pensaba en Alicia en Wonderland o del otro lado del espejo, no me acordaba muy bien ¡cuando mi corazón dio otro brinco!

     Alguien se movía en el espejo. Una silueta confusa. La luz del espejo estaba muy baja. Sólo alcanzaba a adivinar la sombra de una mujer, dando vueltas en la habitación. De altura mediana, vestía unos shorts blancos, zapatos del mismo color, y una camisa de manga corta, con unos motivos floreados, oscuros. ¿Azules? Se le veía el cabello moreno, un poco crespo, chino, a media espalda. No alcanzaba a verle la cara.

     La desconocida del espejo se desplazaba en la habitación, guardando ropa en unos cajones. No se veía ninguna otra persona con ella, pero, no sé porque, pensaba que no estaba sola, aunque sólo la pudiera ver a ella. ¿Por qué pensaba esto? Pues, aunque no pudiera ver su cara, sus gestos, sus movimientos me decían que estaba hablando con alguien.

     Parecía. Pero no se oía nada. Sea quien sea quien hubiera “organizado” esto, puesto la luz en el espejo, no había incluido el audio. “No se lo manejamos, joven”.

     Esta primera noche, el espejo‑ventana funcionó unos treinta a cuarenta minutos. Ella desapareció a los diez minutos. A cambiarse. Regresó a los veinte. ¿Del baño? Vestida de un traje de baño. Aún sin verle la cara, parecía muy guapa. Yo le calculaba unos treinta, treinta y cinco años. Max.

     ¿Y después? Salió. El espejo se quedó prendido otros diez minutos, y se “apagó”. Esperé media hora más que volviera a suceder algo, y me fui a acostar.

*

El domingo, desperté tarde. No había dormido bien. Lo de la noche anterior parecía un sueño. El espejo en la luz del día reforzaba esta impresión: nada. Todo normal. ¿Sería que sólo había visto lo que quería ver? ¿Lo que tanto anhelaba? El espejo no tenía nada.

     Desayuné a las dos de la tarde. Enfrente del espejo. No pasó absolutamente nada. Me bañé, me vestí y fui al club, a nadar. No me iba a quedar encerrado.

En el club, me encontré con unos amigos, y nos fuimos, “diz” que a comer, a las seis de la tarde. No les dije nada del espejo.

Cuando llegué a mi casa, eran las nueve, diez de la noche. La comida-cena había resultado muy a gusto. Juan Carlos tenía un repertorio de chistes muy amplio. El Amaretto estaba suave. Había dejado de pensar por algunas horas. Prendí las luces. Quería asegurarme que todo estaba bajo control. El apartamento, el espejo. Todo.

     No había nada en el espejo. Tranquilizado, me puse a preparar una junta que tenía programada para el lunes temprano. Cuando terminé, guardé mi presentación en la computadora, y empecé a apagar las luces, mirando al espejo.

     Se quedó el apartamento en la oscuridad.

     ¡Y el espejo se prendió!

     La misma habitación. Las dos camas blancas, los muebles rústicos, la pequeña sala de estar. Y al fondo… Mirando por la ventana, estaba ella. De espaldas. Una pequeña silueta oscura. Desnuda.

    Por la ventana de la “otra pieza”, yo alcanzaba a ver lo mismo que ella: Una luna enorme, bajando sobre el horizonte, sobre el mar. La luna iluminaba unas rocas en el mar, que yo, como todo el mundo, conocía muy bien: Ixtapa.

     Ella contemplaba el mar nocturno, desnuda, con una copa en la mano. Sólo se movía para tomar un sorbo de su copa, y volvía la mirada hacía el mar, la luna.

     Solté un enorme suspiro. Creo que no había vuelto a respirar desde que la había visto.

     Se volteó. Hacia la habitación, el espejo. Todavía no le podía ver los rastros de la cara. Pero me dejaba sin aliento. Tenía la piel color de bronce claro. Solo el busto y el vientre delataban su verdadero color: miel dorado. Tenía las piernas largas, firmes, el vientre plano, duro. El busto lleno, suave, los hombros y los brazos finos…

     Cerré los ojos para que se fuera. Cuando los abrí, se estaba acercando a la cama. La más cercana al espejo. Subió a la cama. Se arrodilló con las piernas abiertas. Yo la veía de perfil. Su hombro, su piel, las dos puntas del busto, las rodillas dobladas…

     Extendió los brazos, casi a tocar la cama. Acariciaba… ¿La cama? No. Un cuerpo invisible, debajo de ella. Sus manos iban y venían. Formaban una copa, para agarrar una cabeza invisible. Bajaba la cabeza, y besaba unos labios de aire…

     Yo ya no respiraba. Me senté en la alfombra, frente al espejo. Me quería perder en esta visión de locura. Todavía no sabía quién era. Tenía mis dudas, pero, con esta maldita luz del espejo, no podía ver sus fracciones, en ninguna posición. Me sentía como estos “perversos” que se la pasan espiando las mujeres por las ventanas. Pero, como diría Juan Carlos: “un taco de ojo es un taco de ojo”. Aunque, había algo más… ¿Por qué veía esto? ¿Por qué el espejo, porqué yo?

    Mi invitada involuntaria estaba haciendo el amor en mi espejo. Lo hacía como fiera: encima de su amante invisible, se torcía, clavaba sus uñas en el pecho del otro. Pequeñas gotas de sudor cubrían todo su cuerpo.

     Se dejó caer, agotada en los brazos de su amante de aire…

     El espejo no se apagó inmediatamente. Alcancé a verla cuando se durmió. Del lado izquierdo, frente al mar. Dándome la espalda. Como… Como…

*

Pasé una noche fatal. Mi junta del lunes fue un medio desastre: no me podía concentrar. Sólo podía pensar en el espejo. En ella. Diez veces, estuve a punto de llamar a Benazir o a Juan José. ¿Pero que les iba a decir? ¿O preguntar? ¿De dónde carajo venía el espejo? ¿Quién me iba a creer? Era demasiado… Loco. Y no tenía evidencia.

     Cuando llegué a mi casa, quise prender el espejo, apagando todas las luces que mi muchacha había dejado prendidas, para variar, antes de salir. Pero el maldito espejo hacía lo que quería, sin reglas. Me quedé en la oscuridad, sin comer, ni más compañía que Elton John:

     “I saw you dancing near the ocean…”

Me despertó el cambio de luz. Ahí estaba Ella, con el pelo más oscuro. ¿Mojado? La luna bajaba sobre el mar, las rocas. Estaba sentada en la pequeña sala. Llevaba un vestido fresco con flores rojas. Me daba la espalda. Había botanas y varios vasos en la mesa de centro. Para invitados que no estaban, que yo no veía. ¡Ni necesitaba ver más! Ya sabía. Solo… Solo quería verla. Ver quién era. ¡Ya! Para saber…

     Se quedó ahí una hora más. Y cuando se paró, el espejo se apagó. Me quedé como tonto, esperando que regresara de cenar, del Becco Fino, o del Villa de la Selva… A las dos de la mañana, ya no aguanté y me fui a acostar, con inquietos sueños de playa, de luna amarilla, y de camas blancas.

*

El martes llamé a mi secretaria para decirle que no me sentía bien, algo del estómago, que cualquier urgencia, me llamará. Cuando llegó la muchacha, le dije que se viniera al otro día, que tenía un trabajo muy importante que terminar. Que necesitaba concentrarme.

     De día, el espejo se veía totalmente banal. Busqué una escalera en el closet y me puse revisar el marco otra vez. No lo podía descolgar por el peso, pero pude asegurarme que no había ningún truco. Prendí una linterna, para ver si no era un doble espejo, como en las cámaras Gesell, o en las salas de interrogación de las series policíacas gringas. Nada. De todas maneras, detrás del muro estaba la cocina. Por ahí no podía pasar nada.

     Empecé a pasar la mano sobre los lados del marco. Del lado izquierdo, sentí unas asperezas. Pegándome contra la pared, alcancé a ver una plaquita. Con unos números minúsculos: cuatro… tres… ¿cero? ¿Ocho? No. Era un cero… Dos… 4302. Un número de habitación en un hotel.

     Bajé de la escalera con las rodillas de algodón. Llamé a Benazir. No estaba, ni Juan José… 4302… 4302…

*

El espejo se encendió cerca de las once de la noche. Ella llegó a la una. Apenas había cerrado la puerta de entrada que ya se estaba quitando la ropa, besando y abrazando a su amante invisible. Alcancé a adivinar su perfil antes de que cayera en la cama blanca: la nariz recta, la frente alta, los labios llenos, que besaban al fantasma. No aguanté más, y me subí a mi cuarto, con todas las luces prendidas.

*

Me desperté en un brinco, a las tres de la mañana. ¡4302! ¡4302! Empecé a buscar febrilmente en una caja, en el fondo de un closet, donde guardaba papeles viejos. Fotos, recuerdos, notas del súper, vouchers de Amex… Cuando finalmente, encontré lo que buscaba: una factura de hace tres años… Ya sabía de donde venía el espejo. ¿Cómo había podido olvidar? ¿Simplemente queriéndolo? ¿Porque ya no quería recordar?

     Al lado de la caja, estaba mi vieja cámara de video. Polvorienta. Me temblaban las manos. Busqué el tripié. El adaptador de corriente. No venía al caso buscar las baterías. Llevaban muchos años descargadas.

     Instalé la cámara frente al espejo. Conecté un monitor. Y empecé a grabar este relato, esperando la siguiente noche, para… ¿Que quede la evidencia? ¡Ni siquiera! Ya sabía.

*

Pasé el día en la oficina como zombi. Llegué temprano a mi casa, para dormir un poco, antes… A las nueve de la noche, ya estaba instalado frente al espejo. Listo.

   Se prendió a las 21:22, según el reloj de la cámara. Estaba sentada encima de la cama blanca, frente al espejo, con las piernas abiertas, los tobillos cruzados. Sin más que una pistola de aire, secándose el cabello.

     La luna todavía no bajaba en la ventana. Sólo se veían dos tres puntitos brillantes, entre cielo y mar, estrellas y faroles de pescadores.

     Inclinaba la cabeza sobre un hombro, sobre el otro, para secarse el pelo. Reclinaba un brazo sobre una rodilla. Cambiaba la pistola de mano. Se miraba al espejo. Se enderezaba, metía la panza. El busto claro resaltaba contra la piel más quemada de varios días al sol. Unas gotas de agua brillaban en su vientre…

     Dejó la pistola en la cama. Se acercó al espejo de rodillas.

     Se levantó el cabello. Lo dejó caer en sus hombros. Volteó la cabeza para un beso de aire. Sin dejar de mirar el espejo, puso sus brazos atrás para acariciar su amante de espejo.

*

Chequé la cámara. Estaba grabando. Ella hacía el amor en el espejo, y en el monitor… No estaba totalmente loco.

     Se recostó en la cama, frente al espejo. Una lengua invisible dejaba rastros brillantes en su piel. Yo seguía, fascinado. No podía apartar la mirada de su cuerpo. Sus hombros finos, su tallo, sus caderas.

     Duró. ¿Duraron? Una eternidad. Cuando, de repente, ella se incorporó y se acercó al espejo, casi a tocarlo. Hablaba al espejo. Como si me hablará a mí. Puso las manos en el espejo. Empezó a moverse. Cerró los ojos.

     Me acerqué al espejo. Quería besarla. Puse mis manos en el espejo, a tocar las suyas. Sólo tocaba el cristal frío.

      Ella repetía las mismas palabras mudas. Tres o cuatro palabras que no podía oír.

     Fui hacia la cámara. Hice un “close‑up” sobre sus labios. Como si me viera, repitió las mismas palabras dos veces. Lentamente. Se alejó del espejo, y se recostó sobre los codos, mirándome. Hasta que se fuera la luz del espejo.

     Me quedé en la oscuridad, con un nudo en la garganta. Ya sabía lo que tenía que hacer. Conecté la laptop a la cámara. Copié el close-up en un archivo nuevo. Cinco veces los mismos labios. Las mismas palabras. Copié el archivo en un USB.

*

En la mañana, apenas llegué a la oficina, mandé el archivo por mail a un amigo mío, Fernando, que trabaja en un noticiero. Él hace la capsulita en el rincón de la pantalla, donde traduce las noticias para los sordomudos. En el mail, le pedí que me tradujera lo que decía la mujer en el video, ¡URGENTE! Que me hablará o lo que sea.

     Estuve fuera de la oficina toda la tarde. Cuando llegué a la oficina, tenía un mail de Fernando. Me proponía una interpretación de lo que se decía en el video.

     Me tuve que sentar después de leer el texto. Imprimí el mail. Lo doblé, y me fui corriendo a mi apartamento a ver el espejo. A verla.

*

     ‑ ¿Y así encontró todo?

‑ Sí, Señor. No he tocado nada. Se lo juro.

‑ ¿Y cuando fue la última vez que lo vio?

‑ Hace dos días, Señor… La última vez que vine a hacer la limpieza.

‑ ¿Y cómo estaba?

‑ Pues, un poco raro, pero así es la gente de publicidad… Quiero decir, el Señor era muy buena persona, pero…

‑ ¿Pero?

‑ Pues, nunca se había recuperado bien de la muerte de su esposa, hace tres años, justo en estos días. Y a veces, se ponía… un poco melancólico, ¿no?

El policía abandonó sus preguntas. Para mirar la sala. La cámara en su tripié, frente a la pared vacía. El espejo caído sobre el cuerpo sin vida. Vio un papel al lado del espejo. Lo agarró y le preguntó a la muchacha que estaba llorando:

‑ ¿Y eso? ¿Qué es?

‑ No sé Señor. Ni lo he visto.

El policía empezó a leer:

     ‑ Villas del… Hmmm… Ixtapa… Agosto tal… Señor y Señora… habitación 4302… Hmmm, una factura de hotel. Aquí no hay nada. Vemos si hay algo en la cámara.

     Prendió la cámara. Regresó el video unos minutos. Presionó la tecla de play. El video enseñaba el espejo, donde sólo se reflejaba el apartamento. Un hombre daba vueltas frente al espejo, como mirándose o mirando a dentro del espjo. Ponía las manos sobre el cristal, como si quisiera cruzar el espejo…

     Se acabó el video. El policía suspiró. Miró hacía el espejo caído. El cuerpo debajo. Señaló a los técnicos que podían levantar el espejo. Escondida debajo del espejo, apretada en la mano izquierda del cuerpo, estaba otra hoja de papel. El policía sacó la hoja, la desarrugó. Era un mail impreso. Lo empezó a leer:

De: Fer2042@gmail.com

Para: Charlie 1027@gmail.com

Re: ¡Lee mis labios!

¡Hola, viejo!

Te busqué en la oficina y tu cel pero no te encontré. Entonces… Te lo mando x mail.

Dijiste que era urgente, ¿no?

¡Déjame decirte primero que son los labios más sexy que he visto últimamente! Si solo es una amiga tuya, y no más, me conectas, ¿no?

Bueno, en serio, el mensaje está muy claro. Bueno, las palabras, porque el sentido… Pero tú sabrás. Ella dice:

“Hay una segunda vida”

Saludos,

Fer

Rewind

 

Text © BMO y Equinoxio

Ilustración de Portada: “La vi”, por LauVi ©

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9 thoughts on “Espejo

    • Yep. Sí. Oui. Spanish it is.
      (Do you use some kind of a translator? And is it working all right?) I’m curious

    • Merci! 🙂
      Enchanté que ça te plaise! 🙂
      (Sorry pour le retard, mais je viens à peine de reprendre l’ordinateur…)
      Y voy a tratar de publicar otro capitulo de foglines mañana o el Jueves.
      (Et à Paris, il pleut des cordes!) 🙂 C’est normal!
      Tout va bien chez toi?
      Bye
      B.

      • Salut B 🙂 Apart de trop.de travail et fes soucis de sante ca va. L’autre jour je t’ai montre le link au “Sous le ciel de Paris”. En 12 jours je pars en vacances pour deux semaines – pas.d’ordi, pas de telephone 😉

      • Hmmm. La perspective des vacances est toujours bonne. ☺️O de vas? Mais les soucis de sante c tjrs ennuyeux. Rien de grave j’espere? A +

      • Dans les Alpes (Tatres). Merci, j’en saurai plus dans 8 jours. J’espere q tout ira bien. A tres bientot 🙂

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