Ana y Edgar

A01 Banc Jardin des plantes Christophe Moustier 3

La Place des Vosges estaba casi vacía. Los árboles apenas se recuperaban del invierno. El aire vacilaba entre frío y tibio. Era la época cuando todos empiezan a guardar los abrigos, las bufandas, los guantes, y aguantan frío porque llegó la primavera.

     Me gustaba quedarme en el parque, después de la comida, a pasear entre los árboles, las estatuas, las fuentes de Cortot, las resbaladizas, los columpios, la arena de los niños. Le tas de sable, costumbre muy local.

     Pensaba en los personajes ilustres que habían vivido acá: Madame de Sévigné, Victor Hugo, donde escribió gran parte de Les misérables, Théophile Gauthier, Alphonse Daudet, el Cardenal de Richelieu. Sí, el mismo de los mosqueteros y D’Artagnan.

     En el pasto a mi derecha, un anuncio decía: Pelouse au repos. Pasto en descanso. No sé porque los franceses nunca han podido aprender de los ingleses en cuanto al pasto de los parques. En Hyde Park o cualquiera de los parques de Londres, la gente camina, juega rugby, montan a caballo en el pasto, sacan los perros a pasear y no le pasa nada al pasto. Hace pocos años, siglos, en los parques de París, era un pecado mortal caminar en el pasto. Pelouse interdite! Uno se exponía al silbato de los guardias y severas regañizas. Ahora los franceses han cedido a la presión internacional. Ya se puede caminar en ciertos pastos, echarse al sol en traje de baño, jugar con son los niños en el pasto. Pero después, el pasto tiene que descansar. Reposar.

   Disfrutaba la paz del parque, una paz relativa, salpicada de los gritos de los niños, de las protestas de las mamas cuando sus hijitos embarraban de arena sus mejores vestidos, de los silbatos de los guardias cuando alguien se atrevía a pisar el pasto en reposo, del ruido de los carros en la avenida.

     Sentado en uno de los bancos verdes, miraba el pequeño mundo del parque: las nanas africanas que sacaban a pasear a los niños güeros, y se encontraban con otras nanas africanas, arrastrando otros niños güeros, los estudiantes escapados del salón, fumando a gusto, lejos de la autoridad, los viejitos solitarios, tomando el sol fresco de Abril para calentar sus huesos…

     Mis favoritos visitantes eran una pareja de ancianos. Los veía todos los días. Siempre llegaban a la misma hora, caminando despacio, impermeables o indiferentes a los otros. Cada día se sentaban en el mismo banco, al lado de una fuentecita de agua potable. (Ah! El placer de tomar esta agua potable directo de la llave!). Ella se se sentaba a la izquierda, siempre la primera, él a la derecha. Eran raros mis viejitos: a pesar de los años, de los obvios dolores de la vejez, del aburrimiento del tiempo, no se comportaban como los otros ancianos del parque, tan perdidos en sus memorias, sus rutinas, que podían quedarse callados una hora en el mismo banco. Mis viejitos se comportaban como novios, no como viejos novios, como novios. El mundo no existía para ellos, caminaban abrazados, con una ligera sonrisa, por el gusto de estar juntos, cómplices. Se miraban a los ojos, se reían mucho, de sus propios chistes. Las manos se buscaban, sin esconderse pero sin ostentación.

     Me fascinaban por el contraste entre la manera y la apariencia. Con los ojos entrecerrados, casi se les podía imaginar con cincuenta años menos, la piel lisa, el cabello sedoso, los movimientos fluidos.

A02 Place des Vosges 02 Briséis

Place des Vosges par Briséis

Un miércoles, llegué tarde a la Place des Vosges, muy después de mi hora habitual. Estaba preocupado: no les había visto desde el Lunes. Me extrañaba: desde que les había visto por primera vez, nunca, ni un solo día habían faltado. Este miércoles, en el banco de siempre, ella estaba sentada, sola, llorando. Vacilé, no quería meterme en algo que no me correspondía. Me senté en mi banco, enfrente. Ella seguía llorando. Al fin el pesar superó la pena, me levanté y me acerqué.

     ‑ Perdón, Señora. ¿Le puedo ayudar en algo?

     Levantó la cabeza. Las lágrimas se habían llevado los últimos restos de maquillaje, acentuando las huellas del tiempo en la cara. Estaba despeinada, desarreglada, cuando siempre se veía muy cuidadosa de su apariencia.

     ‑ ¿Quién es Usted? preguntó.

     ‑ Pues, yo…

     Me sentía un poco ridículo. Con la mano, señalé mi banco.

     ‑ Ah, sí… Eres el muchacho guapo que siempre está leyendo en el otro banco.

     Era un comentario tan extraño que me puse colorado. Ella se dio cuenta y se puso a reír y a reír, hasta que otra vez le salieron las lagrimas. La transformación era impresionante. Reír le quitaba veinte, treinta años. En este momento fugaz, la vi como había sido: una mujer muy guapa, alegre, de ojos brillantes, entre verde y gris claro. Tenía el cabello entrecano con hiltios de castaño claro. No de pintura, las francesas no se pintan mucho el pelo. Vean a Françoise Hardy, con su cabello blanco blanco impecablemente cortado y los mismo ojos de siempre. En el momento de reír, desaparecían las arrugas, se suavizaba la piel de su rostro. Me quedé parado, mudo por la transformación. Ella seguía riéndose.

     ‑ Perdóneme, Señor. Es que se veía tan tierno, todo colorado… Pero si es cierto, es demasiado guapo para andar solo en un parque. ¿No me podría prestar un pañuelo?

     ‑ Lo lamento, es que…

     ‑ ¡Ay! Sí. Se me olvidó que los hombres de su edad ya no usan pañuelo. Edgar siempre lleva uno limpio…

     Se acabó la risa tan pronto como había empezado.

     ‑ Siéntese, no se quede así parado. Ya que está…

     Me senté en el banco, incómodo. ¿En qué me había metido? ¿Qué podía hacer?

     ‑ ¿Qué pasó, Señora? ¿Algo sucedió?

     ‑ Edgar se enfermó el jueves. Algo del corazón o de los pulmones, o los riñones… ¿Qué sé yo? Los médicos no dicen nada, ponen caras lúgubres, y… No sé… ¿Qué voy hacer? No tenemos Mutuelle (El seguro complementario de los locales) Sólo tenemos el Seguro Social. (Que sigue bastante bueno!) No conocemos a ningún médico de confianza. Si se va Edgar… ¿Sabes lo que es amar, chiquito? Amar alguien tanto que cuando se va dos horas y no avisa, te preocupas; que cuando no está, no haces sino pensar en él, que quieres todo y todo, que si sale de viaje, lo extrañas dos semanas antes de que se vaya. Que sabes todo lo que le gusta, y lo que no le gusta, que quieres anticipar lo que le va dar gusto. Que después de tantos años, siempre te llega con una sorpresa, un detalle bonito. Qué no sabes lo que más gusto te da: ¿regalarle el enésimo reloj, o el gusto que le da al recibirlo? ¿Sabes de los escalofríos cuando oyes su paso, antes de que abra la puerta?

     Lo decía con tanta tranquilidad, que me lo podía imaginar, aún sin creerlo totalmente. Cómo habían podido resistir el lento desgaste del tiempo, los rencores acumulados, las pequeñas traiciones, y las grandes, la repetición de los gestos cotidianos, los cepillos de dientes tirados en el lavamanos, los platos que se guardaban en el lugar equivocado, las camisas que no estan planchadas como se debían, los yavestedije, los siempretengolarazón…

     ‑ ¿En qué hospital está? pregunté.

     ‑ En el… En Cochin-Port Royal. Buscó en su bolsa. Me dio un papelito administrativo. Ingreso del Señor Edgar… Tal día, a tal hora, servicio del Profesor Fulano. Me levanté.

     ‑ Venga conmigo. Tengo un buen amigo, que es médico en otro hospital, La Salpétrière. Le voy a hablar. A ver si nos puede ayudar.

     Llamé a mi amigo, Jean-Pierre X. Por suerte estaba en casa, y no estaba de turno. Le expliqué el caso.

   ‑ No te preocupes. Conozco al Profesor Fulano… en Cochin. Voy para allá. ¿Por qué no nos encontramos en el hospital en… una hora?

     Colgué. Ella esperaba ansiosa. Le dije que nos encontráramos en el hospital Cochin-Port Royal en una hora, con mi amigo. Otra vez esta sonrisa barrió los años.

     ‑ Gracias, Señor… ¿Cómo se llama?

     ‑ Ernesto…

     ‑ Yo, Ana… Gracias…

     Me besó en la mejilla. Una sola vez. Un solo beso en Francia significa más que los dos tradicionales. Me dejo el sentir de un perfume dulce, ¿Diorissimo?

     ‑ Cochin nos queda a media hora en Metro, me dijo. Le ofrezco un café en la casa, vivimos cerquita, Rue du pas de la mule. Tengo que arreglarme un poco. Debo de verme fatal.

A03 Place des Vosges Mätes II

Fontaine de Cortot, Place des Vosges, par Mättes II

     La Rue du pas de la mule es de estas calles mágicas de París, empezando con el nombre: Calle del paso de la mula! Sales de la Place des Vosges por la esquina noreste, a la derecha, caminas por la Calle del paso de la mula, el apartamento está casí casí esquina con la Rue des Tournelles. En pleno Marais. Los Caballeros Templarios estaban no muy lejos en la Rue Vieille du Temple. Te das la vuelta a la izquierda en la misma Calle du pas de la mule, llegas a la Rue des Franc-Bourgeois, a cinco, seis calles está la Rue veille du Temple, la calle del Templo de los Templarios. Regresando a la Rue du pas de la mule, el apartamento de Ana y Edgar estaba en el cuarto piso, en uno de estos típicos edificios parisinos del siglo 16 o 17, que se ven preciosos de afuera, con su fachada de piedra, las vigas en el techo, pero que adentro, huelen a humedad y a gato.

     Ana abrió la puerta. El apartamento olía a gas. Abrió la ventana y me dijo:

     ‑ Hace días que le digo a Edgar, que hay que mandar arreglar la estufa. Si uno no cierra bien, hay una pequeña fuga. A ver…

     Batalló con la estufa un momento. El cabello se le caía en la cara. Se enderezó, se quitó un mechón del rostro, colocandolo detrás de la oreja. ¿Cuántas miles de veces había hecho este gesto?

     ‑ ¡Voilá! ¿Cómo toma su café?

     ‑ Con una de azúcar… y…

     ‑ ¿Crema? Tengo leche descremada deslactoseada. Ya sabe… los viejitos…

     ‑ Está perfecto, gracias.

     Puso una cafetera italiana del siglo anterior en la estufa. Prendió el fuego. Sacó leche del refri. Llenó un pequeño frasco de plata con la leche. Sacó una azucarera de plata con cunitos de azucar (me fascina los ubitos de azucar a la francesa, me parece el colomo del refinamiento inútil) que seguramente se la había comprado a Victor Hugo.

     ‑ Ahorita regreso. Instálese como en su casa.

     Ni tiempo tuve de agradecerle la atención. Se volteó y salió. Yo estaba en la sala‑comedor. Los apartamentos en París son chicos. Dos recamaras, una micro sala‑comedor ya se considera amplio. De todas maneras, la gente come en la cocina o en la sala, frente a la tele, para sentirse seguros, amparados, cuando las noticias pintan el panorama de los desastres del mundo, lejos, muy lejos.

     Era una sala de viejitos, sin lugar a dudas. Todo muy limpio, cada cosita en su lugar. Mantelitos por doquier, debajo de cada souvenir, en los brazos de los sillones, para que no se gasten (¿más?), mantelito encima de la tele. Había fotos, muchas fotos, del tipo revelado en una hora. ¿De niños, hijos, sobrinos, nietos? Estaba una foto de una boda, en blanco y negro, al estilo de los cincuenta d. Si, eran ellos, felices. Ella debía de tener el cabello castaño, no se veía bien en blanco y negro. El novio (¿Edgar?) lucía en su frac. ¿Todavía se casaban en frac? Parecía lleno de energía, de estatura mediana, ¿deportista? Un mechón de cabello claro le caía en la frente.

     ‑ Aquí está su café. A ver como quedó.

     Me lo sirvió en una tazita de porcelana de Sèvres. Me preguntaba si la Marquise de Sévigné había sado una igual. Ana se había cambiado, peinado, maquillada, arreglada. Milagros del maquillaje. Esta mujer se quitaba veinte o treinta años con un toque de delineador. Estaba lista para ir a ver el novio.

     Nos fuimos en metro hasta el hospital. Tomamos la línea 1 en Saint-Paul hasta Châtelet les Halles. Cambiamos al RER B hasta Port-Royal. Al principio hablamos poco. Ana quería creer, y no se atrevía. De repente, quizá para salir de su angustia, me hizo un interrogatorio completo: que de donde era, que hacía, si trabajaba o estudiaba, y que estudiaba, si tenía novia, que era lo que me gustaba.

     Llegamos al hospital. Ahí estaba mi amigo, el Doctor… Los presenté. Mi amigo tranquilizó a Ana de inmediato:

     ‑ No se preocupe, Señora. Su esposo está bien. Hablé con el Profesor… Él lo examinó… Edgar, se llama, ¿no?

     ‑ Sí, ¿entonces?

     ‑ Bueno Edgar estuvo cerca, pero ya lo habían atendido bien. Y el Profesor… le dio un tratamiento adicional. Lo va a atender personalmente. Lo que normalmente encarga a su equipo, pero lo var a diario.

     ‑ Gracias, Doctor… Pero… Todo esto va costar. No tenemos Mutuelle. Tendría que vender algunas cosas…

     ‑ No. El profesor es muy amigo mío, y los amigos de mis amigos… Algo me había comentado Ernesto. El Profesor ya firmó la prise en charge al 100%. No va tener que pagar nada.No se preocupe. No es beneficencia, es amistad.

     Ana lo abrazó. Me abrazó.

     ‑ Gracias, hombre, le dije a mi amigo. Te debo.

   ‑ ¡Ay! Una copa, un día de estos. ¿Lo quieren ver?

     ‑ Si, dijo Ana. ¿Puedo?

     ‑ ¡Claro! Venga conmigo.

     Nos llevó al cuarto, y nos dejó ahí.

     ‑ Tengo que volar. Me esperan mis pacientes en la Pitié. Todo está bajo control. Me daré una vuelta mañana. Cualquier cosa, aquí está el teléfono del Profesor. ¡Bye!

     Entramos al cuarto. Ahí estaba Edgar. Ana se acercó a la cama. Edgar la miró con una sonrisa.

     ‑ Hola, ¿dónde andabas? Ya estoy aburrido a morir.

     ‑ Pues te quería invitar a cenar, ¡pero me plantaste!

     Se empezaron a reír. Viejos chistes, viejos ritos, vieja complicidad… Me esperaba una diferencia con la foto, pero quizá no tanto. El joven novio ya era un viejito, los mechones habían desaparecido hace mucho, dejándolo calvo con una corona de pelo blanco. Se veía flaco, seco. Tenía bigote, nítido, con matices de amarillo, como los abuelos que fuman cigarros de maíz. Edgar, como Ana, traía algo, como una goma para borrar los años, una chispita de humor, de alegría, que se veía en los ojos. Me miró.

     ‑ Edgar, te presento a un amigo. Él nos ayudó mucho, luego te contaré… Ana me señalo que me acercará.

     ‑ Yo lo conozco, dijo Edgar.

     ‑ Claro, dijo Ana, es el muchacho del parque…

     ‑ ¡Ah! Si, al que le guiñas el ojo, siempre. Ya ves que no te puedo dejar sola…

     Estaban en sus juegos de siempre. Se reían, y yo me reía de ver a estos dos desconocidos tan alegres, tan frescos. Ana contó a Edgar lo que había sucedido, que el parque, que mi amigo, que el Profesor, que la fuga de gas… Edgar escuchaba, me agradecía, escuchaba, le estrechaba la mano a Ana…

     De repente Edgar dijo:

     ‑ Ana, por favor, ¿puedes ir a buscar a la enfermera? Necesito que me traiga agua.

     ‑ La llamamos con el timbre, dijo Ana.

   ‑ No. No funciona, o no oyen. Mejor, búscala, ¿no?

     ‑ Yo voy, dije.

     ‑ No, dijo Edgar. Ana sabe la temperatura exacta del agua que me gusta.

     Ana hizo una mueca:

     ‑ ¡Ay! ¡Los viejitos! Qué paciencia. Voy. No me demoro.

     Apenas había salido Ana, Edgar me preguntó en tono confidencial:

     ‑ Joven, ¿sí conoce los claveles?

     ‑ Por supuesto. (No entendía a que venían los claveles.)

     ‑ Mire, le voy a pedir un grandísimo favor. Ahí en el closet, en mi saco, están mis llaves, y mi cartera.

     ‑ Pero…

     ‑ ¡Rápido, rápido! Antes de que regrese Ana.

     Eran tan extraños mis viejitos, que fui al closet, encontré la cartera, unas llaves. Se las di a Edgar. Sacó unos billetes de la cartera, y me los dio con las llaves.

     ‑ Mire. Yo sé que es un abuso, pero no tengo opción. Necesito que vaya a comprar dos docenas de claveles rojos, no blancos, ni amarillos, rojos. Me vio la cara de interrogación y agregó:

     ‑ Toda la vida, le he comprado claveles rojos a Ana, porque era su cumpleaños, su Santo, su Aniversario, el día de la Revolución Francesa, porque era Lunes, o Martes, o cualquier motivo. Llevo tres días sin cumplir con las flores. Por favor…

     Me reí.

     ‑ Claro, Señor, con todo gusto, las compro y las llevo al apartamento.

     ‑ Eso es. Mil gracias. ¡Cuidado! Ahí viene.

     Escondí las llaves y el dinero. Entró Ana con el agua. Me despedí, dejándolos a gozar del alivio, y me fui a comprar los claveles. Los dejé en el apartamento, en un florero, con una pastilla de aspirina, como me lo había enseñado mi mamá. Chequé que la estufa de gas estuviera bien cerrada. Cada día, iba con Ana al hospital. Más los conocía más me encariñaba con mis viejitos. No por viejitos, no porque me recordarán a mis papas o a mis abuelos, pero por su manera de estar juntos.

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Place des Vosges par Briséis

A pesar de los años, de los trancazos de la vida, habían conservado una frescura, una sencillez, una capacidad de ver lo positivo en todo. No se quejaban, ni de la enfermedad, ni de los dolores, ni de los hijos que vivían lejos, ni de los nietos insoportables, ni de los vecinos peores de insoportables. Eran felices, simplemente, y aún en la rutina diaria, buscaban y encontraban la capacidad de emocionarse.

     Sus abrazos tenían la misma fuerza que al principio. Cuando Edgar le acariciaba la mano a Ana, cuando le tocaba la nuca, el cabello, el hombro, se veía un cariño tranquilo de toda la vida.

     Edgar salió del hospital, fragilizado, pero con tantas ganas que a los pocos días ya pudo salir al parque. Me volví íntimo de la casa. Como el hijo menor, o el nieto grande. Me sentía como adoptado. Ayudaba Ana a hacer el mercado. Cada domingo iba almorzar en su apartamento de la Rue du pas de la mule. Ya era yo parte de la rutina, de la familia. Mandé arreglar la estufa. Cambiaba focos cuando se necesitaba. Compraba claveles cuando Edgar no sentía muy bien. A veces, me tenía que esconder, para que Ana no se diera cuenta. Edgar no había querido que le devolviera las llaves.

     ‑ Quédese con las llaves. Tengo otras. Y ya es como de la familia.

     Y era como si lo fuera. Quería a mis viejitos enamorados. Me gustaba oírles contar su vida, como se habían conocido, las locuras que habían hecho. Creo que buscaba en parte entender como. ¿Por qué? ¿Qué secreto, qué pócima mágica habían tomado para estar así, para mantener el cariño, el amor, la pasión tantos años?

     Edgar se volvió a enfermar. La estufa se volvió a dañar. Arreglé la estufa. Edgar se compuso a medias. Era más fácil arreglar la estufa que arreglarlo a él. Cuando volovió a salir del hospital, había perdido mucho peso y fuerzas. Pero seguían, tranquilos, alegres.

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Place des Vosges par AINo

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Place des Vosges, Pavillon de la Reine, par Beckstett

Era un domingo asoleado. No había claveles en la florería habitual. Tuve que buscar en tres lugares hasta encontrar el tono exacto de rojo que Edgar me había especificado.

     Legué al cuarto piso, tarde. Toqué el timbre. No funcionaba, a pesar de que lo hubiera arreglado dos semanas antes. No se oía nada adentro. Golpeé la puerta. Nada. Golpeé más duro. Sin resultado. Saqué mis llaves.

     Cuando entré, el apartamento estaba oscuro, las cortinas cerradas. El olor a gas era inaguantable. Corrí hacía una ventana. La abrí. Abrí las cortinas y todas las ventanas de la sala. No se oía nadie. Ni un ruido. Llamé:

     ‑ ¡Ana! ¡Edgar!

     Nadie contestó. Los busqué en su recamara. Ahí estaban mis viejitos, como dormidos, acostados en su cama, vestidos, cogidos de la mano, de lado, como para mirarse antes de dormir, antes de…

     Fui a la cocina. El olor a gas seguía fuerte. Manipulando las llaves, buscando la mangiera de entrada, logré apagar el gas. Nunca supe si el gas estuvo abierto a propósito, o mal cerrado. Quizá un poquito de los dos.

     Recogí los claveles que habia tirado en el piso. Busqué el florero de siempre. Le eché agua con una pastilla de aspirina, arreglé los claveles, y los llevé a la recamara. Parecían dormidos mis viejitos.

     Salí del apartamento. Cerré con llave. Yo tendría que avisar a alguien. ¿A quién? A la Policia? No. Mejor a mi amigo el Doctor… El sabría que hacer. Me fui a la Place des Vosges. Había un gato tomando el sol en el banco de Ana y Edgar. Me senté en el otro banco. No había prisa. Que se queden juntos, mis viejitos, lo más que se podía.

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Banc de Paris par SpaceJulien

 

 

© BMO y Equinoxio

Cover photo by Christophe Moustier

All photos: Wiki Commons. All rights reserved.

 

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