Poison

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La terraza del café estaba llena: ejecutivos escapados de una junta, la camisa abierta, la corbata caliente, los Ray‑Bans puestos; familias de provincia de visita a la capital; turistas, muchos turistas, Americanos en shorts, Japoneses, Italianos, Suecos, Europeos del Este… Los meseros circulaban entre las mesas, con camisa blanca, corbata, chaleco, y delantal negro, impávidos ante el calor de Agosto. Los buses de turistas circulaban a vuelta de rueda en la Rue de Rivoli. El café era uno de muchos, debajo de las arcadas, frente al Jardín de las Tuileries, entre las tiendas de souvenirs.

En una de las mesas, Lorne tomaba un café, en sorbitos lentos, un Express cortado, hirviendo. Miraba el espectáculo de la calle, los clientes del café, los turistas, las Tuileries, del otro lado de la calle. El movimiento frenético de la gente, de los carros, los buses, los contrastes, todo lo llevaba a disfrutar más una especie de paz. Después de tantos años, lejos de su Wisconsin natal, no se cansaba del verano en París, del calor de Agosto, de los días interminables, del atardecer a las nueve de la noche, de la luz de la tarde en el Sena, de los cafés, del gentío. Miraba a la gente pasar, a las mujeres vestidas de verano y de perfume.

Llamó al mesero, pagó su cuenta, y se paró. En vez de abandonar la terraza del café, caminó hacía una mesa, donde dos mujeres mantenían una  animada conversación. Una rubia y una morena. Esa última tenía el cabello castaño claro, largo, a media espalda, ojos verdes que contrastaban con una tez apiñonada. Vestía una blusa de mangas cortas con diseños blancos y negros y un pantalón blanco, ancho. Levaba unos aretes que parecían cisnes estilizados. Lorne se acercó, dirigiéndose a ella:

– Perdón. ¿Usted usa Poison, verdad?

Ella volteó la cara:

‑ ¿Qué dijo?

‑ ¿El perfume que usa es Poison, o estoy equivocado?

‑ Si, pero ¿cómo?…

‑ ¿Cómo lo sé? Me dedico a perfumes. Y Poison es inconfundible. Lo usa muy bien.

Sacó una tarjeta y se la dio.

– Me llamo Lorne. Estoy haciendo un estudio sobre fragancias. Como combinan con ciertas personas, ciertas personalidades. ¿Qué otros perfumes usa? ¿Fleurs? ¿Opium? ¿Trésor?

‑ Todos estos. ¿Cómo lo sabe?

Lorne sonrió:

– Fue pura suerte. Le atiné. Mire. En este momento, me interesa Poison más que todo. Me encantaría que me hable de Poison. Mañana. ¿Conoce la Ferme Saint‑Just?

‑ Sí. Atrás de la Asamblea Nacional.

‑ Me daría mucho gusto que se dejará invitar. Ahí. Mañana. A las ocho. Haré la reservación.

‑ ¡Oiga, si cree que voy a ir, está loco!

– Sí, completamente loco. No tiene porque ir, pero, otra vez, me encantaría. ¿Hasta mañana?

Lorne y se fue sin esperar respuesta, por la Rue de Rivoli, hacía el Louvre. Las dos mujeres se quedaron calladas hasta que habló la rubia:

‑ ¡Claudia! ¿Oíste eso? ¡Qué manera de ligar!

Claudia se había quedado con la tarjeta. La leyó y dijo a su amiga:

– Pues, mi querida Michele, déjame decirte que… Es la primera vez que un tipo usa este ángulo… ¿Cómo supo? ¿De mis perfumes? A ver la tarjeta.

Michele se acercó, y empezó a leer:

‑ Lorne Stevenson. ¿Será Sueco?

‑ No creo, dijo Claudia. Debe de ser Americano. Tiene un ligero acento inglés.

– Si, tienes razón. Pero habla muy bien el Francés. A ver. ¿Qué más? Mira: es Director de Laboratorio en el Instituto Internacional de Fragancias, Rue Royale. ¡Vaya!

‑ Ay, dijo Claudia, seguro, las puede haber mandado imprimir con cualquier cosa. Va con su estrategia.

Claudia tiró la tarjeta en la mesa.

‑ Cálmate Clau, dijo Michele Por lo menos es un ligue original. Además, él no está mal. Tiene unos ojos…

‑ Bonitas manos, también… Dijo Claudia.

‑ ¿Vas a ir?

‑ ¡Estás como operada del cerebro!¿Cómo qué voy a cenar con un tipo que liga en la calle?

– Pues, toma tu tarjeta. Hay un teléfono. Mañana hablas, y averiguas si todo es cierto. Y si lo es… Se come muy bien en la Ferme Saint‑Just.

2

‑ Buenas noches. Tengo una reservación. Mi nombre es Lorne Stevenson.

‑ Buenas noches, Señor Stevenson. ¿Para dos personas?

‑ Sí.

‑ ¿Fumar o no fumar?

‑ Me da igual.

‑ Como no. Por aquí Señor.

El Capitán llevó Lorne a una de los pocas mesas desocupadas.

‑ ¿Desea tomar un aperitivo?

‑ No, Gracias, contestó Lorne. Voy a esperar un poco.

La Ferme Saint‑just era uno de tres restaurantes del Chef más exitoso del momento. Producía dos programas de Televisión, uno de cocina, y otro de dietética. Estaba casado con una productora de la cadena pública. Había logrado dar un toque distinto a sus restaurantes. La Ferme Saint‑Just era el más concurrido. El edificio era del Siglo dieciocho, bien preservado, con molduras de época en el techo. Unos cuadros modernos, de colores vivos, actualizaban el ambiente.

La concurrencia era típica de la Ferme Saint‑Just. El restauran estaba atrás del Palais‑Bourbon, la Asamblea Nacional. Cuando los diputados, los miembros del Gobierno salían de la Asamblea, se encontraban en este u otro restauran. Y, lejos de las cámaras, enemigos políticos se saludaban, comentaban su última pelea oficial, como si fuera un partido de golf, “que paliza te di, ¿no?” “¡Ay, nada como la discusión del presupuesto, cuando empezaste tu discurso a la mitad, porque tus papeles se habían caído!”. Tal periodista de izquierda elogiaba la escuela de monjas donde estudiaban sus hijas…

Claudia llegó faltando veinte para las nueve. Regla número uno: siempre hay que llegar tarde a un blind date. Levaba un vestido negro, corto, con la espalda descubierta. Una black dress no puede fallar (regla número dos). Dijo:

‑ Pensé que ya se habría ido…

‑ No. Esperaba mucho que viniera. Y ya me adelanté al aperitivo. Kir Royal. ¿Gusta?

Claudia se sentó frente a Lorne, y dijo, un tanto agresiva:

‑ ¿Así de fácil? Siempre está tan seguro de todo, ¿no?

– No. Nada más sabía que había hablado a mi oficina en la mañana. Entonces… Esperaba que le ganará la curiosidad. Mire. No se enoje, yo tengo un verdadero interés en los perfumes…

‑ ¿Y en las mujeres perfumadas? Interrumpió Claudia.

– También. El perfume es una maravilla, pero una maravilla inútil si nadie lo usa. Son las mujeres que le dan vida a un perfume. Un perfume da todo lo que tiene cuando encuentra la persona ideal. Algunas personas piensan que usando tal o tal fragancia van a ser diferentes, se van a sentir mejor. Algo de eso hay, pero en realidad es la persona que le da algo de su alma al perfume, es como un encuentro entre dos personalidades, una mujer, o un hombre, y un aroma…

Claudia escuchaba Lorne. Se arrepentía un poco de su agresividad al llegar. Le gustaba la pasión que adivinaba en Lorne por los perfumes. Él seguía, con una sonrisa en los ojos:

‑ ¿Y qué pasó con Poison? Opium también es un veneno.

– ¿Cómo hace para reconocer mi perfume? Bueno, supongo que es experiencia. No, hoy no quería usar Poison. Tenía ganas de Opium. Mañana puede ser Fleurs, si el tiempo es más fresco, o Trésor, con una blusa de seda. Depende.

‑ Eso es lo que quiero entender. Qué vida quiere para sus perfumes. ¿Quién es? ¿Qué hace? Así puedo acercarme más a lo que es un perfume. Cuénteme. Ni siquiera sé como se llama.

Sin darse cuenta, Claudia contó su vida. Tenía treinta y dos años. Había nacido y vivido toda su niñez en Africa Una de sus abuelas era Italiana, de un pueblito de Toscana. Sus ojos claros, los había heredado del abuelo, que venía del Norte de Francia. Había estudiado Diseño Gráfico y Sistemas. Una extraña combinación, que la había llevado a vender casas y apartamentos, donde ganaba mucho más que en cualquiera de sus dos carreras. Tenía un apartamento en la Isla Saint‑Louis…

– Es un desastre. Las tuberías son auténticas, y cada invierno, hay fugas. El plomero me saluda efusivamente cada vez que me ve, no hay elevador, pero nunca me voy a cambiar.

‑ ¿Por qué? Preguntó Lorne.

– Por el atardecer. Mi apartamento está en la punta de la Isla, en el último piso, frente a Notre‑Dame. Se puede imaginar lo que es un atardecer en verano, frente al Occidente, con la flecha de Notre‑Dame…

‑ Y una copa de vino blanco, fresco… agregó Lorne.

– Sí. Por eso no me puedo cambiar… Estas crepas son deliciosas. No puedo creer que… Ya acabó la cena, y estuve hablando todo el tiempo, y no sé nada de Lorne…

‑ Stevenson. No hay grán cosa que contar…

Cuando salieron de la Ferme Saint‑Just, Claudia fue hasta su carro, y se dio cuenta que Lorne no le había dicho nada de importancia sobre él. Y peor, aún, le había sacado sin ningún esfuerzo su acuerdo para  comer el día siguiente Chez Martin, cerca de los Gobelins, a la una. Lorne quedaba un misterio total, atractivo e inquietante. Cuando la escuchaba, no perdía una palabra, mantenía una mirada constante, con algo extraño que bailaba en sus ojos.

*

La comida Chez Martin inició un ciclo nuevo para Claudia. Lorne parecía conocer todos los restaurantes de París. Le enseño a usar su olfato, sin lograr que dejará de fumar. Le enseñaba todos los aromas de la ciudad, de la comida, de la lluvia, de los arboles, del pasto cortado. Le contaba secretos de los primeros perfumes, que inventaron los Franceses porque no se bañaban. Aparecía en el trabajo de Claudia, y se la llevaba a comer helados. Decía que aún los helados tienen aroma. Un día la llevó a una Boulangerie, una panadería como hay miles en Francia, a las cuatro, cuando sacan el pan caliente del horno. Llegaron a la puerta de la panadería, y Lorne dijo:

‑ Cierra los ojos. No los abras hasta que te diga.

Entraron a la panadería. Lorne llevaba Claudia de la mano. Ella se sintió invadida por el aroma del pan. Trataba de distinguir entre el olor del pan caliente, de los croissants… Lorne compró una baguette, y llevándose Claudia de la mano, salió, se dirigió hacía un banco, donde se sentaron.

‑ ¿Todavía tienes los ojos cerrados? Bien. Toma. Le dio la baguette a Claudia:

‑ Ten. ¿Sientes el pan? ¿Lo caliente que es? Duro y suave. Arranca un pedazo, y cómetelo.

Claudia comió un trozo de pan caliente, sin abrir los ojos. Olía, olía a verano, a los campos de trigo de Normandía. Abrió los ojos:

‑ Es una delicia. Ahora, tú. Cierra los ojos. Pruébalo.

Se comieron toda la baguette, sentados en un banco, en una calle, en París.

3

– ¡Cuéntame! Hace dos semanas que no te veo. Antes, por lo menos tu contestadora me hablaba. ¡Y ahora nada! ¿Qué pasa con el gringo misterioso?

Claudia y Michele estaban sentadas en un café del Boulevard Saint‑Germain. Michele había amenazado Claudia de represalias sangrientas si no comía con ella, y de otras, peores, si no le contaba todo sobre el Llanero Solitario, como decía de Lorne.

– Es que… No sé. Es como si él decidiera todo, y no se decide. Bueno, no es cierto, no decide todo: lo he llevado a mis restaurantes Italianos preferidos…

‑ ¿Pero qué hacen? ¿Nada más van a comer, y se miran en los ojos, cogidos de la mano? ¿No es Gay, no?

‑ No, no creo. Un momento es como si quisiera comerme cruda, y, de repente…

‑ ¿De repente, qué? ¡Por favor, termina tus frases!

‑ De repente, es como si él hiciera un esfuerzo tremendo para volver a tomar distancia…

‑ ¡Ay! ¡Niña! ¡Amor platónico a tu edad! Ya no eres quinceañera… ¿Y de dónde sale el Llanero Solitario? ¿Sabes algo de él, o sigues en el puro misterio?

‑ La verdad, sé poco. Se lo tuve que arrancar, por pedazos, cuando se descuida. Tiene cuarenta y dos años, nació en Wisconsin, en un pueblito. Su papá era carpintero…

‑ Se llamaba José y su mamá, ¿María?

‑ Oye, bájale, te estoy hablando en serio. Su papá se llamaba, se llamaba… Qué curioso. No me acuerdo. Su mamá tenía una tienda tipo “Mom and Pop store”. Ya sabes: abarrotes. Lorne le ayudaba el Sábado. Entre semana, trabajaba con su papá en la carpintería.

‑ ¿Y en la tienda, vendían perfume, supongo?

‑ Sí. Ahí fue que se dieron cuenta que tenía una nariz excepcional. “Un nez”, como dicen. A los seis años, reconocía todas las fragancias que vendía su mamá. Podía checar la calidad de los perfumes que llegaban a la tienda, si eran auténticos, si el mayorista les mandaba fayuca… Entonces, toda su vida, quiso trabajar en perfume. Estudio Bioquímica en una Universidad Gringa, consiguió una beca para estudiar en Francia. Cerca de Niza, en Grasse, la capital mundial de los perfumes. Él dice que cuando llegó a Grasse, era el verano, y cuando vio los campos de lavanda, morados, bajo el sol de Provence, lloró.

‑ ¡Por lo menos, el hombre siente emoción! ¿Qué más?

‑ Se quedó dos años en Grasse, a terminar el Doctorado, vino a París, y se quedó. Nunca regresó a Estados Unidos.

‑ ¿Ni siquiera a ver a su familia? ¡Qué poca!

‑ No. No es así. Es un tema que no le gusta. Medio entendí que se habían muerto, los dos, en un accidente. No pregunté más detalles. Se cierra completamente.

‑ ¿No estará casado? Tiene cuarenta y tanto… Y, lo vi poco, pero, es bien guapo…

‑ ¡Oye, Tú! Por haberlo visto dos minutos y medio… ¡Este es mío!

‑ Claro, pero apúrate, sino, ¡voy a empezar a usar Poison!

Claudia disfrutaba el ánimo de Michele. Eran viejas amigas, y, con ella, podía reírse de todo. Lo que iba pasar, pasaría. Si solo, podía entender, o descubrir lo que Lorne ocultaba. Era encantador, creativo, pero…

‑ ¿Y ahora, qué vas hacer?

Claudia contestó con una sonrisa pícara:

‑ Mañana, cenamos en Les Celtes…

‑ ¡Les Celtes, les Celtes… Ja! ¡Ya sé! Es el restaurante que está en l’Ile Saint‑Louis, a dos calles de tu apartamento. Bien, bien.

Michele hacía una mueca de satisfacción. Preguntó:

‑ ¿Y si es casado?

‑ Es SU problema.

4

 

Claudia no le había dicho todo a Michele. La cena era a las diez. Había invitado a Lorne a las ocho, a un atardecer en la Isla Saint‑Louis. Lorne llegó puntual, como siempre, con una botella de Blue Nun.

‑ Hola. ¡Casi me echan a la cárcel, por querer un vino blanco Alemán!

‑ ¿Pero, porqué? Si aquí tenía…

‑ ¿Te acuerdas, cuando fuimos a cenar  cerca de les Halles? ¿Que te encantó la Monja?

‑ Si me acuerdo. Gracias por el vino. Ven a ver el Show.

El apartamento de Claudia estaba en el último piso. Habían transformado y juntado cuatro habitaciones que usaban las sirvientas en el siglo pasado, en un apartamento chico, pero cómodo. El parquet de madera, los tapetes, las vigas del techo, lo volvían un lugar muy agradable. Claudia había juntado dos piezas para hacer una sala grande, con una sola ventana inmensa, frente a Notre‑Dame. Claudia llevó Lorne hacía la ventana abierta.

‑ Mira eso, ¿no es fabuloso?

‑ Si lo es. Entiendo porque nunca te vas a cambiar…

El sol estaba a punto de desaparecer atrás de los edificios.

Una manta roja cubría Notre‑Dame, en la Isla de la Cité, del otro lado del puente. La luz jugaba con el Sena. Todos los parisinos y los turistas estaban afuera, en la calle, en las orillas del Sena, en el parque de Notre‑Dame.

Lorne estaba parado, detrás de Claudia. La abrazó. La besó en la nuca. Se alejó.

‑ Ven, vamos a abrir la Monja.

Claudia sirvió el vino blanco. Se sentaron en una pila de cojines, en el medio de la sala a mirar la batalla de colores. Rojos, amarillos, blancos, grises, morados, azules se apoderaban de la ciudad en una riña silenciosa. Nora Jones cantaba suavemente.

Cuando finalmente ganó la noche, Lorne se volteó hacía Claudia. Le dio una cajita negra.

‑ Tengo algo para ti. Toma.

‑ Gracias. ¿Qué es?

‑ Ábrelo.

Claudia empezó a abrir el empaque. Sentía una atracción extraña. Como si lo que tenía adentro irradiaba poder. Era un frasco negro, como de perfume, sin marca, atractivo e inquietante.

‑ ¿Por qué? No tienes que darme regalos.

– Lo sé, pero eso es algo muy especial. Es… el Poison original. La primera fórmula. Se hicieron diez, y este es el último frasco. Destruyeron los demás, y todos los documentos.

‑ ¿Porqué? Claudia iba abrir el frasco para oler el perfume, cuando Lorne la detuvo.

– Cuidado, despacio. Tuvieron que cambiar la fórmula. Esta era demasiado fuerte, muy concentrada. Se puede usar, pero muy poco a la vez, y no muy seguido.

Claudia abrió el frasco lentamente. La fragancia se escapó, rodeándolos. Sí. Era diferente, más poderosa que el Poison comercial. El apartamento se puso más oscuro, sin que Claudia supiera si por la falta de luz o por la fragancia.

‑ Dámelo, dijo Lorne. Te lo voy a poner.

            Con el dedo, Lorne empezó a perfumar a Claudia. Una gota atrás de la oreja, otra en el cuello, otra en la nuca. Con la punta de los dedos, Lorne acariciaba la cara de Claudia, el cabello, la frente, la nariz, la boca. Puso las manos atrás de la cabeza de Claudia, jalándola lentamente. Empezó a besarla de toquecitos, en los ojos, en la nariz, en las mejillas. Daba vueltas con la boca: la oreja, la mejilla, el labio de Claudia, el cuello, la oreja otra vez, la mejilla, el labio superior, el labio inferior, la barbilla, el cuello, la oreja. Con los labios, rozaba los labios de Claudia. Vueltas y vueltas, con los labios entreabiertos, probando el sabor del otro con la lengua, en sorbitos, labios, dientes, lenguas, bocas. Las manos de Claudia acariciaban la nuca de Lorne, jugando con el cabello, la mano de Lorne acariciaba la oreja de Claudia. La lengua de Claudia se apoderaba de la boca de Lorne. Se abrazaban, las bocas se separaban, se unían. Lorne respiraba el perfume de Claudia, le besaba el cabello, los hombros. Las manos buscaban los cinturones, arrancaban camisas y blusas.

Lorne tomó el frasco, empezó a untar Claudia de perfume: entre los senos, en las muñecas, en el ombligo, en el vientre, en las piernas. Poison los rodeaba, los impregnaba. Respiraban en alientos cortos. El vientre de Claudia se hundía. Sus dedos jugaban con la cara de Lorne, acariciaban sus labios. Lorne besaba los dedos, los chupaba, mordiéndolos, acariciándolos con la lengua. Empezaron un baile de amor, de sexo, de fragancias, de sudor. Poison dictaba las reglas del juego. Después de minutos, segundos, horas, se vinieron ambos en un desgaste total, una furia suave. Se quedaron abrazados, los ojos amarrados, la respiración corta. Lorne besó Claudia en la punta de la nariz. Claudia dijo:

‑ Ja… Qué rico. ¿Tu Poison es una pócima de amor?

‑ Eso, y mucho más.

‑ Tengo hambre… ¡Ay! ¿Qué horas son?

‑ ¡Cuarto para las once!

‑ Párate. Rápido. Dijo Claudia. ¡La reservación! ¡Era a las diez!

‑ Pues, ya la perdimos.

– No importa, conozco el dueño. Nos consigue una mesa, en la cocina, en la banqueta, si es necesario. Apúrate.

Se vistieron a las carreras. Iban a salir del apartamento, cuando Claudia dijo:

‑ Espérate un segundo. Me voy a echar un poco más de Poison. Ya. A ver, tú. ¿A qué hueles? Se acercó a Lorne.

‑ ¿A qué huelo?

‑ A sudor, sexo y.. A Poison. Me lo quitaste todo. Vamos.

El dueño del Restauran ya no los esperaba. Era todo un personaje. Medía un metro noventa y tanto, totalmente calvo, con un enorme bigote. Mandaba hacer delantales especiales a su medida para que cupiera su panza. Decían los meseros que el sastre cortaba la tela sobre un barril de vino. De los grandes, no de los chicos. Besó a Claudia en las dos mejillas. Era de la escuela de los cuatro besos, dos de cada lado. Se llamaba Claude.

– Hola Claudia. Que rico hueles. Y que tarde llegas. Ya di tu mesa dos veces. ¿Para qué haces reservación, eh? Pero no te preocupes, voy a apurar estos Gringos en la ocho, para ti y tu amigo. ¿No me lo vas a presentar?

‑ Sí. Claro. Claude, te presento a Lorne Stevenson. (Claudia se reía). Lorne es gringo.

‑ Encantado. Perdón. No sabía. Es que… no parece Gringo. ¿Qué estoy diciendo?

‑ No se preocupe, dijo Lorne. Tengo muchos años de vivir acá. No hay cuidado.

‑ Bueno. Gracias. Entonces, mejor, apuro los Japoneses de la cinco.

“Les Celtes” era un restaurante de pura tradición. Al llegar a la puerta, uno bajaba al sótano del edificio, con muros enormes de un metro de ancho, piedras brutas, con vigas macizas, de madera casi negra después de dos siglos y medio. La comida hubiera enloquecido cualquier cardiólogo. En una mesa enorme, al fondo, se amontonaban diez tipos de paté, andouillette, rillettes, jamones, blancos, rosados, ahumados, pan de campaña, saucisson, saucisse sèche d’Auvergne, quesos, quesos… Los clientes (Claude decía: los huéspedes, porque una vez que entraban, no se querían salir) se servían vino tinto en un barril, al lado de la mesa.

Claudia y Lorne comieron como si fuera la primera vez en la semana. El vino hacía brillar los ojos de Claudia. O quizá era Poison, o el atardecer, o… Hablaron poco y mucho. Del día, de perfumes, de la comida…

Claudia miraba a Lorne. El no sostenía la  mirada, bajaba los ojos.

‑ ¿Qué tienes? Preguntó Claudia.

‑ Nada. Creo que… No sé.

‑ ¿Qué te pasa? ¿No te gusta el lugar?

‑ Sí. Me gusta. Me gustó el atardecer, también.

‑ ¿Entonces?

‑ Creo que me gustó demasiado. Pedimos la cuenta y vamonos, ¿no?

Salieron del restauran, caminando en silencio, abrazados. Cuando llegaron a la puerta del edificio de Claudia, ella dijo:

‑ Quédate.

‑ No puedo.

‑ ¿Por qué? Quiero que te quedes, Quiero… dormir contigo.

– Yo también. Y también, yo… te quiero. Por eso no me puedo quedar. No quiero que te pase nada. No había previsto que… te llegará a querer. Es demasiado peligroso. Adios.

Lorne la besó en la mejilla, cerca de la oreja. Y se fue.

5

– ¿Y no lo has vuelto a ver en quince días? ¡No lo puedo creer! ¡Desgraciado! Michele estaba fúrica. Más porque Claudia le encontraba excusas a Lorne.

‑ Estuvo de viaje.

‑ ¿Te habló?

‑ No. Yo hablé. Tres veces. A su oficina. Y hasta la tercera vez, me dijo su secretaria que estaba de viaje. De tanto rogar, me dio su teléfono personal.

‑ ¿Entonces? ¿Hablaste?

‑ Sí. Me contestó la chacha. Que no estaba el Señor. Que mañana regresaba. También pregunté si estaba la Señora Stevenson. Por si las moscas.

‑ ¿Qué? ¿Cómo te atreves? Estás loca. ¿Le preguntaste eso? ¿Y qué te dijo?

‑ Agárrate. Me contestó que la mamá no vivía aquí, que ella vivía en Estados Unidos. O sea: no está casado, la única Señora Stevenson es la mamá, pero no se ha muerto, como él me había dicho. ¿Lo puedes creer?

‑ Estoy aterrada, dijo Michele. ¿Qué trae este tipo? Un “quickie”, ¿y ya? Pero, entonces, ¿por qué se esperó tanto? No entiendo.

‑ Yo tampoco. No me checa. No va con la persona que conozco.

‑ ¿Qué vas hacer?

– Con el teléfono, conseguí la dirección. Mañana en la noche, voy a verlo. Sin avisar. No me importa si ahí para, bueno, no es cierto, si me importa. Pero, sus mentiras me dolieron. Y… Si termina, por lo menos, tendremos una explicación.

6

Claudia llegó a las ocho y media al apartamento de Lorne. El Lorne que le abrió parecía tener diez años más. Despeinado, con ojeras negras, una barba de dos días.

‑ Mejor no entres.

‑ ¿Por qué? ¿Hay alguien?

‑ No. Pero te lo repito. Por tu bien, no entres.

‑ Si voy a entrar. No voy a hacer un escándalo, pero me debes una explicación. Cinco minutos. Nada más…

Derrotado, Lorne abrió la puerta. Claudia entró al apartamento totalmente oscuro. Se adivinaba una luz, al fondo, a la izquierda.

– La sala está ahí, al fondo, dijo Lorne. Espérame. No me demoro. Tengo que… Preparar algo. Fue tu decisión.

Claudia entró a la sala. Las cortinas, de terciopelo oscuro, estaban cerradas. Los muebles, negros, apenas se adivinaban en la alfombra oscura. Luces escondidas en el techo hacían brillar las repisas de cristal que cubrían los muros, llenas de botellas, de frascos de todos los colores. Unos se veían muy antiguos. Otros eran los frascos de perfume más comerciales del momento. Clyo estaba junto a Chanel No5. No había orden ni lógica en el arreglo, solo frascos y frascos…

Una vibración tenue llenaba la pieza, como un llanto. Claudia miró el equipo de sonido en un rincón: estaba apagado. Se escuchaba como una melodía sorda. Venía de los frascos. Se acercó a las repisas. El sonido se hizo más fuerte. Las botellas de perfume vibraban. Claudia cogió un frasco en la mano: Anais‑Anais. El llanto parecía salir de la botella.  Intentó abrirla, pero estaba sellada. Creyó ver en los reflejos de la luz, unas sombras en el cristal. ¿Un rostro?

Agarró otro. Ysatis. Se veía un rostro de mujer como esbozado en el frasco. ¿Se movía? ¿O era la luz? Volteó el frasco y se estremeció. Una etiqueta pegada indicaba un nombre: Brigitte, y una fecha: 12 de Octubre 2007. Anais‑Anais tenía otra etiqueta: Valérie: 5 de Enero 2009.

Empezó febrilmente a mirar todos los frascos. Todos tenían una etiqueta, con un nombre y una fecha. Todos dejaban ver un rostro femenino, atrapado en el frasco de perfume. Todos vibraban de un insoportable grito contenido.

Buscó Poison entre todas las botellas. No estaba en las repisas. La botella negra estaba sola, en una mesa de centro.

Claudia tomó el frasco tan familiar. Cuando oyó los pasos de Lorne entrando a la sala, supo que no necesitaba mirar la etiqueta que sentía debajo de la botella. Sabía que estaba marcado su nombre: Claudia, con la fecha de hoy.

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Texto © BMO y Equinoxio

Marca y frasco de Poison © Dior

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