Bandiagara (final)

5

Françoise se despertó primera. Ricardo estaba profundo, durmiendo, boca arriba. Françoise se sentó en la cama, sin hacer ruido, para mirarlo. Los primeros rayos del sol entraban por la ventana. Françoise miraba a Ricardo. No podía creer lo que les estaba pasando. Miraba el cabello negro, los mechones crespos, las pestañas inmensas, que parecían de mujer. El pecho de Ricardo subía y bajaba lentamente. Dormía como bebé. De repente se movía, y volvía a quedarse inmóvil. ¿Qué soñaba? Françoise sentía que se derritía. Que el cariño por ese hombre casi desconocido la envolvía. No quería moverse. Se hubiera quedado así horas y horas.

Cuando empezó a oír los ruidos del campamento, Françoise se paró sin despertarlo. Se vistió y salió, dejando una notita a Ricardo.

 Eres un perezoso.

¡Adivina qué es lo se escribe con tres palabras en 

Francés o en Inglés y dos no más en Español!

*

Los siguientes días fueron como una larga vacación para los dos. Trabajaban poco. Visitaban el país de los Dogon, subían encima de Bandiagara para mirar a África. Françoise le enseñaba a Ricardo todo lo que sabía de la historia, de los mitos de los Dogon: los ancestros, las tortugas, los zorros que vienen por la noche a dibujar estructuras complicadas, pisando la arena donde el Hogon había preparado su visita, y luego, interpretaba los pasos de los zorros para adivinar el futuro de los hombres.

Françoise se había pasado a la barraca de Ricardo, lo que había traído dos consecuencias: Dominique había felicitado a Ricardo y le había pedido disculpas por agredirle el primer día. Lefèbvre había agarrado a Ricardo en un rincón, una noche, hablándole como padre de familia, que le daba mucho gusto que los dos muchachos más simpáticos del campamento se llevarán tan bien, pero que esperaba que Ricardo no iba a aprovechar, que Françoise era una niña muy linda…

Ricardo se escapó de los dos encuentros, murmurando palabras adecuadas, medio molesto de que se metieran en sus asuntos. Cuando comentó a Françoise de las dos conversaciones, ella se puso a reír:

‑ ¡No te preocupes, tonto! Ellos me quieren mucho, y a ti también. Por eso se meten. ¡Yo soy la niña! Por lo menos para Lefèbvre. Muchos de los otros, no les hubiera disgustado tomar Cointreau conmigo. Y en cuanto a lo que vamos a hacer, pues, ¿quizá sea un poco temprano, no? Vamos a ver como funciona. ¿OK?

BD03

6

El Harmattan se había puesto más fuerte. Todavía no llegaban las lluvias. El llanto constante de Bandiagara ponía a prueba los nervios de todos. Los habitantes del campamento peleaban diario por cualquier pretexto. Ricardo resolvió salir de Ireli unos cuantos días. Decidió irse a Bamba, a unos treinta kilómetros de Ireli en línea recta, pero a dos horas en Jeep. Bamba era el último pueblo Dogon de la barranca, al Noroeste de Ireli.

Se fue sólo, en el Jeep. Cuando llegó a Bamba, era casi el mediodía. Era día de mercado. Pero por el calor, muchas de las vendedoras ya habían empacado sus mercancías y empezaban a salir del pueblo. Ricardo buscó uno de los escasos árboles a fuera del pueblo, para dejar el Jeep en la sombra. Encontró una acacia cerca del camino de entrada a Bamba. Sacó su mochila y su bolsa de dormir. Se dirigía hacía las primeras casas por el senderito, cuando alguien gritó en Francés:

Attention!

Ricardo se paró. Miró a su alrededor, sin entender lo que pasaba. Iba a seguir, cuando miró al piso. La serpiente estaba a un metro de sus pies. Se veía muy negra, muy grande. Levantaba la cabeza para morder, o huir. Ricardo sabía que lo mejor era no moverse. La mayoría de las serpientes no atacan si no se sienten amenazadas. Igual no era venenosa, pero Ricardo no quería averiguar. Tampoco quería probar el sero anti‑veneno que traía siempre en el Jeep. Atrás de él, la misma voz continuó, esta vez en Español:

‑ No te muevas. Es muy peligrosa. Pero si te quedas tranquilo, se va ir.

Era una voz de mujer, hablando un Español raro. Ricardo se quedó inmóvil, ni parpadeaba. No podía voltear la cabeza para ver quien era. No dejaba de mirar a la serpiente.

Después de una eternidad, la serpiente salió del camino y se perdió en las rocas que llevaban a Bandiagara.

Ricardo soltó todo el aire que había guardado en los pulmones. Se dio cuenta que no había respirado desde que había visto a la serpiente. Se volteó para ver quien le había salvado la vida. Venía caminando en el camino una mujer Dogon, alta, vestida de índigo, con un porte de cabeza casi altanero. Sonreía con todos sus dientes. Era la mujer que le había vendido la pulsera de Françoise. ¿Cómo se llamaba? ¿Sol? No. Era… So. Eso era: So.

Antes de que Ricardo pudiera decir algo, So le dijo, con ironía:

‑ ¡Oye, pequeño blanco! ¡Tienes que mirar en donde caminas! Si no, ¡Pfft! Se acabó el pequeño blanco…

So se doblaba de la risa. Los dientes iluminaban la piel oscura, teñida de azul por el índigo del vestido. Su risa era comunicativa, y, medio por el susto, medio por el alivio, Ricardo dejó caer la mochila, la bolsa de dormir, y se sentó en el sendero, ganado por la risa.

‑ Gracias So. Sin ti…

‑ Sí. Me debes…

‑ ¿La vida, no? ¿Era muy peligrosa?

‑ Mucho muy. Ni los blancos tienen remedio para esta serpiente. Entonces, me debes… Un día entero.

So se reía.

‑ ¿Un día? Ricardo no entendía.

‑ Todo un día, pequeño blanco. Un día conmigo, para que te enseñe lo mi pueblo, lo de los Dogon. Te daré de comer. Soy muy buena cocinera…

Ricardo tenía sus dudas. Lo que había probado en materia de cocina Africana no lo había exactamente encantado, pero no podía ser grosero con alguien que prácticamente le había salvado la vida. So lo miraba tranquilamente, los dientes listos para otra sonrisa inmensa.

‑ Claro, Gracias, con mucho gusto.

‑ Muy bien, pequeño blanco. Vamos.

La casa o, más bien las casas de So se encontraban del otro lado de Bamba, un poco aisladas, pegadas a Bandiagara. Había tres casitas de adobe con su techo de paja, como conos, dos graneros, bien cerrados, protegidos de las cabras que iban y venían en el patio interior. No había nadie, ni hombre, ni niños, lo que era raro. Ricardo pensaba que So tenía veinte ó veinticinco años. Lógicamente debía de tener unos 6‑8 años de casada.

‑ ¿No está tu marido? Preguntó Ricardo.

‑ Soy viuda, contestó So. Se cayó de la Barranca, hace un año. Estaba buscando guano en las cuevas. Hay muchos murciélagos, y el guano tiene mucho valor aquí. La gente del pueblo dice que fue culpa de los Tellem, que no hubiera debido ir en las cuevas prohibidas…

‑ Lo siento, dijo Ricardo.

‑ ¿Por qué? No lo conocías, y, de todas maneras, él ya está tranquilo con sus ancestros. Siéntate, te voy a traer cerveza que yo misma preparé.

So trajo un banquito de madera para que Ricardo se sentará a fuera, en la sombra de un techo. Regresó con una calabaza llena de cerveza de mijo, fresca. Después de probarla, Ricardo preguntó a So:

‑ Rico. Gracias So. ¿Pero cómo haces para mantenerla fresca? ¿Con este calor?

‑ Guardo la cerveza en una cueva atrás. Está siempre fresca. ¡Y como la cueva está llena de Tellem, nadie se atreve a robarme la cereza! Espérate, te traigo tu comida.

Media hora después, So trajo un banquete, en varios platos de madera. La comida era excelente, aunque difícil de identificar: ¿arroz? ¿Verduras? ¿Carnes? ¿Yuca? Los temores de Ricardo en cuanto a la comida no tenían fundamento.

‑ Sí eres excelente cocinera, pero… ¿No vas a comer conmigo?

‑ No, aquí, las mujeres siempre comen a parte. Y… Ya comí. De todo un poco, preparando la comida. ¿Quieres más?

‑ No, gracias, estuvo rico, pero ya no puedo.

‑ Entonces, alístate, pequeño blanco, te voy a enseñar lo de los Dogon.

‑ ¿Porqué me llamas pequeño blanco, eh? Preguntó Ricardo, levantándose.

So se rió;

‑ ¡Porque te ves como niño chiquito! Siempre un poco perdido. Y… Es más, ¡Soy más alta que tu! Mira…

Se acercó casi a tocarle, alzándose en la punta de los pies, clavando sus ojos en los de Ricardo.

‑ ¡No me engañes! Dijo Ricardo, ganado por la risa. ¡Estás en la punta de los pies!

‑ Bueno, bueno… Tienes razón… Pero, acostados, ¡no hay diferencia de altura!

So se dio la vuelta antes de que Ricardo pudiera contestar.

‑ Ven, pequeño blanco. Vamos a visitar a mi pueblo.

Pasearon por Bamba, toda la tarde. So le enseñaba a Ricardo lo que ni Lefèbvre, ni Françoise podían: lo de las mujeres Dogon, contado por una de ellas. Los cultivos, la preparación de la comida, de la cerveza de mijo, las pelotas de cebolla que se vendían hasta la Costa de Marfil, la tintura de la ropa, la búsqueda del agua, los niños…

So le presentaba a Ricardo cada Baobab por su nombre: Trasero bonito, la viuda, caderas anchas, pequeñas semillas… Cada parte del país Dogon estaba aprovechada: una terraza para cultivar, un corral para las cabras, graneros… Troncos tallados en escaleras subían la pared de Bandiagara. Pinturas representando Lébé, la serpiente mítica, recordaban a Ricardo su aventura de la mañana.

En las afueras del pueblo pasaron por una casa aislada. Las paredes de adobe estaban cubiertas de pinturas: sexos de mujer, enormes, grotescos. Ahí se aislaban las mujeres Dogon durante la menstruación.

El sol se estaba escondiendo detrás de Bandiagara. La noche llegaba, y So se ponía nerviosa. Dijo a Ricardo:

‑ Vamos. No es bueno estar a fuera por la noche.

Llegaron a la casa de So. Era esa hora muy especial en África, poco después del atardecer, cuando cambia la luz, entre día y noche; el aire se vuelve más ligero, más tenue. Los ruidos cambian. Se despiertan los animales, los pájaros, los insectos de la noche. Es una breve paz, antes de la violencia de la noche, antes de que salgan los espíritus, los dioses, los demonios…

So había servido otro banquete a Ricardo. Él comía con la mano derecha, sin otros cubiertos que tres dedos, para hacer una bola de comida, y llevarla a la boca.

No hablaban. Disfrutaban la paz del momento. Cuando Ricardo acabó, So le trajo una calabaza de agua para que se lave las manos. Le indicó una casita de adobe, al fondo del patio:

‑ Ahí puedes dormir. Era la casa de mi marido. Esta limpiecita. La barré esta mañana. Y no hay demonios: el Hogon vino a purificar la casa cuando se murió mi esposo. ¡Que tengas bonitos sueños, pequeño blanco!

Ricardo se fue a su nueva casa. Prendió la lámpara de gas que traía. La casa tenía unos cinco metros de diámetro. El piso de tierra se veía impecable. No había muebles, ni camas. Los Dogon dormían en el suelo, en un petate. ¿Dónde estaba? Ahí, en un rincón. Nuevo. Como si So esperará una visita… Los Dogon tampoco usaban almohadas: al lado del petate estaba un taburete de madera trabajada de diez centímetros de altura, donde se apoya la cabeza para dormir. Un poco duro pero era cuestión de acostumbrarse.

Ricardo extendió el petate cerca de la puerta abierta para aprovechar la frescura de la noche. La noche estaba muy clara. La luna iluminaba Bandiagara. Encima del petate, extendió su bolsa de dormir, se desvistió y se durmió casi de inmediato.

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La casa de So

Se despertó por un movimiento en la noche. Se medio levantó en los codos, para ver que era. La luna estaba baja e iluminaba el interior de la casita de adobe. Como una sombra, So estaba parada en la puerta. Ningún vestido índigo. Era como una estatua negra con brazaletes de oro. Se acercó al petate. En la media oscuridad, Ricardo podía admirar el cuello largo, los hombros fuertes, redondos, los senos pesados, el tallo fino, las piernas largas, largas.  Miraba la piel oscura, lisa, las caderas anchas. So se arrodilló al lado de Ricardo. Bajó una de sus manos inmensas sobre el pecho de Ricardo. Para sentir su calor. Abrió la bolsa de dormir. En un rincón escondido de su cerebro, Ricardo pensaba: ella es como el opuesto de Françoise. Alta / chiquita, negra / blanca, pelo lacio / crespo, trenzado, ligera / fuerte...

El Harmattan soplaba de nuevo. Cantaba un llanto rítmico que resonaba en las paredes de Bandiagara.

*

Cuando Ricardo despertó, So dormía de lado, la cabeza recostada sobre un brazo. Los dientes blancos se veían entre los labios llenos abiertos. Tenía un cuerpo irreal. De una sensualidad salvaje. Ricardo pensaba en Françoise y se sentía como puerco.

So despertó. Miró a Ricardo. Seria. Grave. Y, de repente, con una sonrisa ligera:

‑ ¿Estás pensando en tu mujer, pequeño blanco?

Como Ricardo no contestaba, So siguió:

‑ Sí… Piensas en ella.

So le puso la mano en el cabello.

– Haces bien. Es muy guapa. Un poco pálida y frágil, pero así son las Tubab (las blancas).

‑ ¿La conoces? ¿Cómo?

‑ Claro. ¿Quién no conoce a la Tubab Françoise en el país Dogon? Es muy respetada. Las mujeres la quieren, mucho, porque siempre es alegre. Y los hombres… Se empezaba a reír.

‑ ¿Y los hombres?

‑ ¡Y los hombres le tienen miedo! Te imaginas. ¡Tan chiquita! Lo que pasa es que es muy necia. Y cuando ordena algo, lo consigue. ¡Y cuando no lo consigue, no grita, pero sus ojos se ponen tan fríos que los hombres le tienen miedo, y corren!

Ricardo no conocía a Françoise bajo esta perspectiva. Y no quería pensar en que le pudiera pasar el día que los ojos de Françoise se pusieran fríos… So seguía:

‑ …cosas de blanco. Yo soy una negra, una Dogon. Quería acostarme contigo desde que te vi, pequeño blanco. ¡Y ya! Nada más. Deja de preocuparte. Te voy a preparar de comer. Y te quedaras cuanto tiempo quieres.

*

Ricardo se quedó dos días más. Se sentía atrapado. Jalado entre las dos. Como dos facetas de la misma mujer. Totalmente opuestas pero similares ¿ En la alegría? En el día, Ricardo miraba a So andar en sus tareas de Mujer Dogon. Por el atardecer, o en la noche, So contaba a Ricardo mitos, leyendas, historias de los Dogon. Mágicos cuentos de las cuevas, donde los Dogon enterraban sus muertos, los Tellem quienes eran gigantes, y podían volar, Bandiagara, presencia permanente e inquietante, Lébé, el poder del Hogon…

Cuando se fue Ricardo, temía cobardemente, una separación difícil. Pero So sonreía.

‑ Gracias, pequeño blanco. Estuve feliz estos días por primera vez desde que se murió mi hombre. Que te vaya bien.

Ricardo no supo que contestar. Dio la vuelta. Se detuvo. Se volteó otra vez:

‑ Gracias a ti. So. Eres muy buena cocinera, entre otras cosas. Se acercó y la abrazó.

BD05

7

Ricardo llegó a Ireli sin problema. Logró disimular su sentir de culpabilidad a Françoise, y todo fue como antes. Casi como antes. No podía evitar de comparar. Sin que la comparación fuera de mejor a peor. No. Nada más distintas. Sentía, sabía que quería a Françoise. Estaban haciendo planes a medias. Verse en las vacaciones. Ir a París, a Bogotá… Lejos de Bandiagara. Sin embargo, Ricardo no lograba olvidar a So. A veces soñaba con ella. De eso se acordaba. Y de nada más. Pero muchos de los sueños eran pesadillas. Se despertaba de repente, gritando. Françoise lo tenía que abrazar como niño para que se volviera a dormir.

Llegaron las lluvias. El Harmattan no había fallado. Los Dogon preparaban una fiesta para celebrar. Los hombres se quedaban en sus casas, en los lugares secretos, escondidos, preparando las mascaras, los trajes de danza…

Exactamente tres semanas después de que había llegado Ricardo a Bamba, empezó la celebración. Desde la mañana llegaron las Mascaras a la plaza central de Ireli. Las Mascaras para los Dogon, en la tradición de África, no son disfraces. El hombre que lleva la mascara con todos sus atuendos, no se esconde atrás de la Mascara. Se vuelve la Mascara, el genio, el Dios que representa la mascara. El portador de la mascara siempre queda desconocido. Aprendió a ser la Mascara en la época de la iniciación. Aprendió a tallar la mascara en madera, según las reglas de los ancestros, a pintarla de los colores adecuados, a confeccionar el traje, las faldas de paja; aprendió los pasos específicos que baila la Mascara, al ritmo de los tambores…

Ricardo y Françoise caminaban por Ireli asistiendo a muchas festividades. Las danzas, idénticas desde siglos. La música, resonando en Bandiagara. Las Mascaras brincaban, bailaban, al ritmo de los cantos y de los tambores. Algunos andaban como gigantes, las piernas amarradas de unos palos de dos metros de largo, decorados de círculos de colores

Había tanta gente de todos los pueblos de la Barranca, que Ricardo y Françoise se separaron.

Ricardo la buscaba cuando sintió que le alguien le jalaba el pantalón. Era un niño de cinco, seis años, con ojos inmensos. No decía nada. Sólo miraba a Ricardo.

‑ ¿Qué quieres? Dijo Ricardo, en medio Francés.

El niño dijo una sola palabra, y se volteó, señalando a Ricardo que lo siguiera. Ricardo vaciló. Miró a su alrededor. No veía a Françoise. El niño estaba parado, esperándolo. Ricardo decidió seguirlo. La palabra que había pronunciado el niño era un nombre: So.

El niño salió de Ireli, de la celebración, de la música, acercándose a Bandiagara. Caminó unos quinientos metros fuera del pueblo hasta llegar al pie de la Barranca. Indicó la Barranca a Ricardo, y volvió a decir: So. Ricardo no entendía. ¿Dónde estaba? El niño volvió a indicar la pared vertical. Ricardo vio a siete‑ocho metros del suelo, la sombra de una cueva. La enseño al niño.

‑ ¿So?

El niño dijo que sí, indicando la cueva, y repitiendo: So. So. Y se fue corriendo.

Ricardo miraba la cueva. ¿Ahí estaba So? No podía ser… La subida no parecía tan difícil. Pensando que estaba loco, empezó a subir hacía la cueva.

Cuando llegó a la embocadura de la cueva, se dio cuenta que era una cueva de los Tellem. El sol penetraba hasta el fondo de una gruta de cien a ciento cincuenta metros cuadrados. El suelo estaba tapizado de huesos, cráneos, restos de los Tellem, preservados por el clima seco del país Dogon. En el centro de la gruta lo esperaba So. Inmóvil, desnuda, parecía más que nunca una estatua negra. Sus únicos adornos eran sus joyas de oro: pulseras, collares, brazaletes, aretes pesados. Una fina cadenita de perlitas de colores corría en sus caderas.

‑ En fin llegaste, pequeño blanco. Ven.

So puso las manos en los hombros de Ricardo. Manteniéndolo inmóvil. Ricardo vio que So tenía una sola pulsera en la muñeca derecha. Una pulsera de diez centímetros de ancho en piel de serpiente, muy apretada. No la había visto antes. Los ojos de So eran fríos, como una piedra negra.

‑ Te voy a decir mi otro nombre, pequeño blanco. Acércate.

Ricardo se sentía torpe, como paralizado. La pulsera de So le parecía más ancha. Ahora cubría todo el brazo de So hasta el hombro. Y crecía. Volvió a Hablar So:

‑ ¿No adivinas mi otro nombre? Yo soy…

Ricardo miró la pulsera, Había crecido como una segunda piel. Cubría los brazos, los hombros, el busto de So. Miraba, fascinado, a medida que la piel de So se cambiaba en piel de serpiente, que cubría el rostro. Sabía cual era el nombre. El Hogon tenía razón. No iba a salir vivo de la cueva.

‑ Soy Lébé, dijo So, la mujer Serpiente.

Ricardo sintió un dolor tremendo en el momento que Lébé lo mordió en el brazo, y que entraba el veneno. Todo empezó a girar. Cuando se cayó, y que sentía venir el fin vio a So‑Lébé que se reía…

8

La habitación era amplia. Por la ventana entraba la luz de la mañana. Françoise estaba leyendo un libro, sentada en una silla al lado de una cama, donde yacía Ricardo, inmóvil, con puntas de oxigeno en la nariz.

Ricardo abrió los ojos. Vio a Françoise a su lado. No se imaginaba la muerte así. Cuando Françoise lo vio, gritó, levantándose:

‑ ¡Ricardo! ¡Por fin! ¡Te creí muerto!

‑ ¿No lo estoy?

‑ ¡Pues, casi! Sin So…

‑ ¿La encontraron?

‑ ¡Ella te encontró! ¡Te salvó la vida!

‑ ¿Cómo? Pero si ella…

‑ Sin ella te mueres. Y aún así, estuviste tres semanas entre la vida y la muerte. Con esta serpiente que te mordió…

Françoise veía que Ricardo no entendía nada. Empezó a explicarle:

‑ ¿No te acuerdas de nada? Te picó una serpiente el día que llegaste a Bamba. Nos dijo So que eso fue a algunos metros de tu carro. Vio la serpiente morderte en el brazo. Te caíste inconsciente. Te jaló a la sombra, y fue a buscar a un Hogon. Entre los dos, te dieron hierbas, jarabes, que detuvieron la acción del veneno. Consiguieron alguien que supiera manejar, y te llevaron a Ireli. Cuando llegaste a Ireli, Lefèbvre te dio una inyección anti‑veneno, llamaron una avioneta por radio, y te llevamos al hospital aqui en la capital. En Bamako. Y aquí estás, aquí estamos, desde hace tres semanas. Estuviste en coma, en delirio todo el tiempo. A veces gritabas. “Lébé. ¡Lébé!”…

– Entonces… ¿Todo fue un sueño? So. La cueva. Los Tellem. ¿Lébé?

Ricardo empezaba a entender lo que le había pasado, el efecto del veneno. El encuentro con So, hasta el último episodio donde se había imaginado a So convirtiéndose en Lébé. Miró a Françoise, y dio un brinco:

‑ ¿Qué es esto? Dijo, enseñando la muñeca de Françoise.

‑ ¿Esto? Ah, fíjate que es curioso. ¿Tampoco te acuerdas? Es una pulsera, un brazalete de piel de serpiente. Cuando te trajeron a Ireli, tú la tenías en la mano. No la soltabas. Y cuando te estaba subiendo la manga para que Lefèbvre te hiciera la inyección, te quité la pulsera… Sin pensar, me la puse. ¿Y sabes qué es lo más raro? No me la he podido quitar…

BD06

 

Texto © BMO y Equinoxio

Ilustraciones Inspiradas de Danses d’Afrique de Michel Huet.

La “Casa de So” inspirada de Claude Millet…

 

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