Bandiagara por Bruno Martinez

 

El polvo entraba por todos lados. Manejaban con las ventanas abiertas para aliviar el calor del mediodía. Los 100 kilómetros de carretera desde la orilla del río Níger parecían 400.

Ricardo había llegado por la mañana a Kona, un pueblito de Malí, cerca del Níger. Por una de esas locuras, había querido viajar en el barco que navegaba por el río, ¡para impregnarse del ambiente de África! E impregnado había quedado: de ruidos, de olores, de gritos, de colores.

Era un barco tan viejo como el río, de fondo plano para poder navegar aún en épocas de sequía, cuando las aguas están bajas. Ricardo había pasado una noche muy típica, muy impregnante. El barco estaba lleno: Mossis, Bámbaras, Dogons, con sus atuendos que todavía resistían la influencia europea, aunque muchos llevaban Ray‑Bans, tenis de Nike, o grabadoras inmensas, frutos de sus trabajos en Europa, o regalos de un tío, de un primo que regresaba al pueblo cada tres años.

Había dormido poco, envuelto en una cobija, para aguantar la noche fría que bajaba del Sahara cercano. Se había acomodado al aire libre en la parte delantera del barco, entre dos familias. Era el único blanco y se sentía paranoico con las miradas que le echaban de lado, y los niños hablándole en Francés que no entendía. Había música por todos lados en una competencia violenta de las grabadoras. Rihana, Beyoncé, el Rap y el Reggae dominaban sin oposición de la música tradicional.

Cuando desembarcó en Kona, lo esperaba el Jeep del Banco Mundial para llevarlo a Ireli, al pie de Bandiagara, en el país de los Dogon. Ricardo realizaba una gira en Malí, en una misión del Banco para evaluar el potencial de desarrollo del país. Bandiagara era la última etapa de su viaje.

En el Jeep, pensaba en lo que había leído sobre los Dogon y Bandiagara: una barranca de unos 200 kilómetros de largo al Oriente de Malí, que corta una sabana semi‑desértica. Es una pared vertical de unos 100‑150 metros de altura, puntuada de cuevas donde los Dogon dejan sus muertos.

Al pie de la barranca, los pueblos de los Dogon hacen una línea recta: Teli, Yawa, Dourou, Nombori, Tireli, Ireli, Pégué… Cada pueblo con su particularidad, sus costumbres, su dialecto. Hay hasta 35 dialectos para 400 000 Dogon.

*

El viaje era interminable. Tenían que dar una vuelta larguísima a la Barranca que hacía frente al Oriente. El paisaje traía un aire de desolación. Las lluvias tardaban en llegar. Cada año tardaban más, ¡si es que llegaban! La única ruptura del paisaje eran los Baobab: árboles gigantes que parecían sembrados de cabeza, el tronco enorme, en forma de botella de vino, que diez hombres a veces no alcanzaban en abrazar, y unas ramitas esqueléticas, como raíces al aire libre.

De repente, el chofer le dijo a Ricardo:

‑Ya llegamos. Ahí está la Falaise de Bandiagara.

Ricardo miró la Barranca. No tenía nada que ver con lo que se imaginaba. Era como un monumento salvaje. No se alcanzaba a ver donde empezaba ni donde terminaba. Se adivinaban las casas Dogon de Ireli, escondidas en las rocas al pie de la barranca, entre algunas acacias, y baobab; pedazos de tierra cultivada, casi colgados de la pared vertical. Sombras en el muro vertical indicaban las famosas cuevas…

Por fin llegaron a Ireli. El chofer, un Dogon con un nombre impronunciable comentó medio en Inglés, medio en Francés a Ricardo:

‑ Lo voy a llevar al campamento. Las casas Dogon no son muy confortables para los Europeos, y estamos compartiendo unas barracas con una Misión de Cooperación del Gobierno Francés. Es bastante cómodo, para las dos o tres semanas que va pasar aquí.

Ricardo se puso a pensar en lo harto que iban a ser tres semanas con Franceses, y Africanos que probablemente hablaban nada más Francés. Desafortunadamente, el Francés de Ricardo se había quedado en Alouette, gentille Alouette, que había aprendido en el kinder, en Bogotá. Suspiró, esperando que algunos por lo menos algunos hablaban Inglés o Español.

*

Bonjour! Usted debe de ser Ricardo Londoño, del Banco Mundial. Lo estábamos esperando para comer. Yo soy Pierre Lefèbvre, Jefe de la Misión. Enchanté!

Ricardo estrechó la mano de Lefèbvre, murmurando unas palabras en Francés. ¡Ya empezaba!

‑ ¿Qué idioma prefiere usar? Le dijo Lefèbvre, llevándolo hacía un grupo de Europeos conversando en la sombra de un techo de palma.

‑ Inglés o Español… No se preocupe, yo entiendo un poquito el Francés… Pero no lo hablo.

Lefèbvre presentó a Ricardo los cinco miembros de su equipo. Cuatro hombres en sus treinta y cuarenta años con nombres impronunciables que Ricardo no pudo memorizar. Y una mujer de unos 25‑30 años, cuyo nombre logró pescar: Françoise Algo, economista.

Se sentaron a comer en una mesa de madera, debajo de un techo de palma que les daba sombra y una ilusión de aire. Lefèbvre manejaba su grupo como patriarca benevolente. Daba la impresión de haber pasado toda su vida en África. Hablaba de la África de antes de la independencia. La había conocido de niño. No anhelaba la dominación Francesa, pero recordaba los países y la gente antes de que se inventará la palabra ‘Desarrollo’ y mucho menos ‘Subdesarrollo’. Hablaba in Inglés para beneficio de Ricardo.

‑ Desde los años Setenta, dijo Lefèbvre, las cosas han cambiado mucho, a nivel político, claro, pero más que todo en el clima. El desierto baja hacía el Sur cada año, y hay tanta gente que la tierra ya no aguanta. ¿Se imaginan que hace 20‑30 años, todavía se encontraban elefantes no muy lejos de aquí?

Empezó un argumento caluroso. Primero en inglés, luego en Francés entre Lefèbvre y uno de sus asistentes, Dominique Whatever. Parecía una pelea ritual entre los dos que Lefèbvre disfrutaba obviamente. Ricardo dejó de entender a los pocos minutos: conocía los argumentos. Los había oído tantas veces en debates estudiantiles en la Universidad Nacional de Bogotá. Que el desarrollo, que el imperialismo. Bla, bla, bla.

Ricardo comía tranquilamente, haciéndose chiquito, porque sabía lo que venía.

‑ ¿Y qué tal está la situación en Colombia? Lefèbvre había ganado el argumento, y buscaba otro tema, u otra víctima. Cambiando alianzas, Dominique atacó:

‑ Es cierto que la Mafia, cómo se llaman, el Cuartel…, agregó Dominique.

‑ El Cartel de Medellín. Dijo Ricardo. Pero ya no existe. Hay otros. Están las Farc.

‑ ¿Es cierto que la Mafia controla todo? ¿Que sin la coca, la economía de Colombia no aguantaría? Insistió Dominique.

Ricardo no sabía si debía adoptar una postura amable, para no dañar sus tres semanas con la Misión o si debía responder a la agresión. Iba contestar, cuando Françoise tomó su defensa.

‑ ¡No seas estúpido, Dominique! Tu única experiencia del tercer mundo son los dos meses que pasaste aquí y los debates sociológicos en la Universidad. Yo conozco a Colombia. Muy bien. Y es un país maravilloso. ¿Verdad? Dijo, mirando a Ricardo.

Dominique se calló. Para alivio de Ricardo, el argumento se paró ahí. El resto de la comida se pasó más tranquilamente, compartiendo anécdotas de viajes, y comentarios sobre el clima, tema universal que permite a la gente hablar cuando no tienen nada que decirse, sin lugar a polémica.

Acabada la comida, Ricardo fue a agradecerle a Lefèbvre, su hospitalidad.

‑ De nada, de nada, hombre. Cualquier cosa que necesite… Françoise le va enseñar su barraca. Como es la única mujer, ella más o menos cuida los detalles administrativos.

Ricardo fue a buscar a Françoise, pensando que quizá los Latinos no tenían el monopolio del machismo…  La encontró en una barraca que servía de oficina, arreglando papeles.

‑ Françoise, le quería agradecer… empezó Ricardo en inglés.

‑ ¿De qué, hombre? Le contestó Françoise en Español. No te preocupes. Dominique es medio tarado, pero no es mala persona.

Soltó una carcajada. Hablaba bien el Español, con un leve acento, aún cuando se reía.

‑Bueno, de todas maneras, Gracias. Me evitó una discusión pesada. Oiga, me tiene que contar lo que conoce de Colombia, ¿no?

Otra vez, Françoise se puso a reír.

‑ ¡Usted! Los Colombianos siempre son muy formales, ¿no? Ven, ¡te voy a enseñar tu palacio!

Le agarró el brazo y lo llevó a una barraca tipo militar, cerca de  la entrada del campamento.

‑ Aquí está. No es Versalles, pero por lo  menos, estarás sólo un buen rato. Todavía no llega parte de la Misión.

Ricardo miró por una ventana: Bandiagara se veía perfectamente, impresionante, apenas a 200 metros.

‑ Oiga, perdón, oye, le dijo a Françoise, me gustaría visitar el pueblo. ¿Se puede?

‑ ¡Claro! Vámonos. Podemos ir caminando.

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2

Ireli era un pueblo chiquito de 300 ó 400 habitantes, típico de los pueblos Dogon, que se encontraban a lo largo de la Barranca. Françoise explicaba a Ricardo la historia de los Dogon, como habían llegado a Bandiagara en el siglo 16, ocupando los lugares abandonados por los Tellem.

‑ ¿Quiénes son los Tellem? Preguntó Ricardo.

‑ Nadie sabe. Desaparecieron. Se desvanecieron. Los únicos Tellem que se quedaron son los muertos. Hay miles de Tellem apilados en las cuevas de la Barranca de Bandiagara. Los Dogon siguen con la costumbre de llevar sus muertos en las cuevas. A veces usan las grutas de los Tellem, pero normalmente tienen las suyas.

‑ Pero, ¿cómo suben ahí? Carlos miraba la Barranca que los dominaba, inquietante. Es como un muro. hay pocas vías para escalar, y me parecen difíciles…

‑ Sí. Yo hice un poco de Alpinismo en Francia, y estoy de acuerdo contigo. Es difícil de escalar. Los Dogon dicen que los Tellem eran gigantes, ¡que podían volar! Hoy los Dogon suben arriba de la Barranca por unas brechas, unos senderos más accesibles y luego se bajan con cuerdas. A veces las cuerdas se rompen…

Habían llegado al centro de Ireli. Era una explanada de tierra ocre, rodeada de paillotes: casas de adobe, similares en diseño a los ranchos de los campesinos en América Latina. Paredes de adobe aplastado sobre una estructura de palos, con un techo de paja: la paille de las paillotes. Algunas construcciones más angostas servían de graneros. Debajo del techo cónico de paja, se veían puertas de madera finamente tallada.

‑ ¿Qué son estas puertas? Preguntó Ricardo.

‑ Quedan muy pocas. Casi todas se vendieron a turistas. Las figuras humanas representan la familia. Las tortugas son un símbolo muy fuerte. Son los ancestros, los que “duermen” ahí, en las cuevas arriba, dijo Françoise, enseñando a Bandiagara.

Françoise le tocó el brazo a Ricardo.

‑ Mira. Este, es el Ginna, la casa familiar. Dicen que tiene forma de cuerpo humano. Los etnólogos siempre buscan significados raros, ¿no?

Era difícil darse cuenta de la estructura, una combinación de casitas, piezas, patios interiores. Se podía imaginar la cabeza, el tronco, los brazos, las piernas. Probablemente, se veía mejor de la Barranca, arriba de Bandiagara.

‑Y esto, ¿qué es? Preguntó Ricardo a su guía.

Con la mano, Ricardo enseñaba una casa sin paredes al lado de la explanada central. Ocho pilares de madera tallada, representando figuras humanas, ¿dioses(?), soportaban un techo de paja. En la sombra, debajo del techo se alcanzaban a ver algunos hombres, charlando, fumando, seguramente rehaciendo el mundo, segundo tema universal después del clima.

Françoise sonrió. Nunca duraba mucho sin reírse.

‑ A este tendrás que ir solo. No soy requerida. Es la casa de los hombres, el Togu na. Y los muñecos que soportan el techo son los ocho ancestros míticos de los Dogon. Si quieres, mañana, puedes venir con Lefèbvre, para que te presente a los ancianos. ¡A ver si te invitan a tomar de su asquerosa cerveza de mijo!

Caminaron media hora más en Ireli. Françoise saludaba a todas las mujeres en Francés y algunas palabras de Dogon que había aprendido. Juzgando por las carcajadas de las mujeres y la manera en que repetían las mismas palabras que pronunciaba Françoise, parecía que tenía acento en Dogon también.

Cuando regresaron al campamento, Françoise dijo a Ricardo:

‑ Si quieres descansar un rato, y bañarte, aprovecha. La “sopa” está a las siete. Y no te preocupes, Dominique se fue a otro pueblo. ¡No regresa hasta pasado mañana! ¡Así que te dejará en paz!

Se fue con una carcajada, dejando a Ricardo en la puerta de su barraca.

Ricardo abrió su maleta. El polvo se había metido en todo. Mañana tendría que preguntarle a Françoise quién le podía lavar todo.

Miró por la ventana. En el atardecer, Bandiagara se veía más alta. Las luces de Ireli bailaban en la pared de piedra. Tenía que verla de más cerca. ¿Subiría a una cueva?

*

La cena fue tranquila. El calor del día había disminuido. Por contraste Ricardo casi tenía frío. Lefèbvre dominaba la mesa, perfecto en su personaje. Ricardo se lo imaginaba en otros siglos, mercenario, explorador, conquistador. Hoy había encontrado una manera de vivir como quería, en África, con el pretexto del desarrollo, de la cooperación, que probablemente no servía realmente a los Africanos. De hecho, lo que hacía Ricardo no era tan distinto. ¿Qué tanto servía lo del Banco Mundial?

Cómo no seguía bien los argumentos en Francés, se puso a observar discretamente a Françoise. Se veía como una miniatura. A Ricardo le llegaba al hombro. Su cabello era tan rubio que parecía blanco. En el calor del día lo tenía amarrado, pero hoy por la noche lo llevaba suelto a media espalda. Hacía un contraste con su cara bronceada y sus ojos claros. En la luz débil de las lámparas de gas que sustituían la moribunda planta eléctrica, no alcanzaba a determinar bien el color de sus ojos. ¿Verdes? ¿Azules? ¿Verdes y azules? ¿Color risa? Siempre tenía una chispa en el ojo. Ricardo se puso a pensar: lleva meses aquí; ¿con quien andaría? No tenía alianza. Para ocupar el tiempo buscaba señales: quien le hablaba más; quien le tocaba el brazo demasiado tiempo… Después de un rato, se cansó de su propio juego y empezó a hablar de Colombia con Françoise, de lo que había hecho allá, de lo que conocía…

Después de la cena, Ricardo se puso de acuerdo con Lefèbvre para ir al pueblo juntos por la mañana. Antes de acostarse, Ricardo se quedó mucho tiempo con las luces apagadas, mirando a Bandiagara por la ventana.

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3

Se fueron temprano a Ireli, en las horas más frescas del día. Las mujeres ya se habían ido a trabajar en los campos. El pueblo se veía medio desierto. La única actividad se concentraba en el Togu na, la casa de los hombres. Ahí se reunían los hombres, los ancianos, los que tienen la palabra y la usan por horas.

Lefèbvre entró en el Togu na con Ricardo, saludando en Francés y en algunas palabras que probablemente eran Dogon. Visiblemente, Lefèbvre gozaba de prestigio con los Dogon. Ricardo veía los gestos de Lefèbvre, imitando o semejándose a los de los ancianos. Presentó a Ricardo a todos los ancianos que le estrecharon la mano al estilo Africano: no se aprieta la mano, sino más bien se toca, sin presionar con el pulgar, un poquito como hacen las mujeres en Colombia, avanzando la mano horizontal y no vertical como para el hand‑shake de los gringos.

Se sentaron en dos banquitos de madera con tres patas, de unos veinte centímetros de altura tallados en sola pieza de madera. En una calabaza le sirvieron cerveza de mijo, que probó el más anciano primero. A Ricardo le supo a chicha. La bebida fermenta a base de maíz que se toma en los Andes, o en la laguna de Guatavita. Las cosas y las costumbres no eran tan distintas: la hospitalidad, el trago, los comentarios sobre la lluvia… o la sequía.

Los hombres se pasaban la calabaza de cerveza. La conversación era lenta.  Ricardo hablaba, o más bien contestaba las preguntas de los Dogon, a través de dos interpretes: de Dogon a Francés, que Lefèbvre le traducía al Inglés. De dónde venía; si era Americano; que no, que era Colombiano; y donde estaba Colombia; en Sudamérica; que entonces era Americano; si era casado, cuantas mujeres tenía; ¿qué no era casado a su edad? Los Dogon no opinaban, pero parecían pensar que los Blancos eran extraños. ¿Quién le atendía sus campos, entonces? Ricardo contestó que tenía una pequeña finca en las montañas de Cundinamarca, a dos horas de Bogotá, con su hermano. Ahí criaban unas cuantas vacas de leche, y más importante, tenían cuatro caballos de paso fino. Cada vez que regresaba a Colombia, su primera visita era para sus caballos. Los ancianos aprobaron, meneando la cabeza y haciendo unos clicks con la lengua. Ricardo sintió que acababa de subir dos escalones en nivel social con los viejitos.

De repente, un anciano tocó la camiseta de Ricardo, preguntando que significaba la inscripción. Ricardo llevaba una vieja camiseta de Sting que decía: The dream of the blue turtles. Cuando Lefèbvre y el interprete tradujeron, el anciano dijo:

‑ Muy bien, veo que tú también recuerdas tus antepasados. Conserva tu camiseta. Te protegerá. Especialmente de las serpientes. Ven a verme cuando quieras, dijo el anciano, y se fue.

Después de algunos momentos, Ricardo y Lefèbvre se despidieron y salieron del Togu na. El calor ya estaba fuerte, aunque apenas eran las 10.

‑ ¿Qué quería decir con las tortugas? Preguntó Ricardo a Lefèbvre.

‑ La tortuga tiene mucho poder. Simboliza a los familiares que se han ido, y protegen a los vivos. Felicidades. Le caiste bien al Hogon.

‑ ¿Quién? ¿El viejito de las tortugas?

‑ Sí. Es probablemente el hombre más poderoso del pueblo. Conoce la tradición, los mitos, los remedios, las plantas… Si uno quiere hacer algo aquí hay que tenerlo de su lado.

Ricardo se puso a pensar en su informe. No veía muy bien que perspectivas de desarrollo pudiera imaginar para los Dogon. Se veían contentos, en su aislamiento. Los niños no presentaban la barriga hinchada que delata malnutrición. ¿Pozos? ¿Hoteles para turistas? Sentía que su reporte tomaba una dirección no muy conforme a los criterios del Banco Mundial.

Lefèbvre ya lo estaba llevando por el brazo, hacía un jeep.

‑ Vamos, Todavía es temprano. Te voy a llevar al mercado, en Pegué. Es el pueblo más cercano, y hoy es día de mercado allá. Cada pueblo tiene su día.

Llegaron a Pegué a las diez y media. El mercado todavía estaba en plena actividad. Las mujeres de todos los pueblos cercanos habían instalado sus mercancías en el suelo de arena o en las telas llenas de colores que llaman pagne en Francés. Comida preparada, yuca, bananos del Sur, lentes de sol, cebollas. Las mujeres parecían tener el monopolio del comercio. También cuidaban los campos, buscaban el agua de los pozos, criaban a los niños… ¿Qué hacían los hombres?

La plaza central de Pegué resonaba, al pie de Bandiagara, con los gritos, los regateos. Los clientes fingían enojo para bajar los precios. Las cabras y los pollos participaban en el concierto. Ricardo se acercó a una mujer sentada en el suelo. En un pagne delante de ella, vendía de todo: pulseras de perlitas, amuletos, pieles de serpiente, ¿artículos de brujería? Lefèbvre se había quedado a una distancia negociando quién sabía qué.

Ricardo preguntó en medio Francés cuanto valía una pulsera delgada donde habían montado perlitas minúsculas en un diseño geométrico sobre una correa de piel. La mujer no le entendió el Francés. Ricardo probó inglés, sin mejor resultado. Iba a llamar a Lefèbvre, cuando, sin mucha esperanza, preguntó:

‑ ¿Español?

El rostro de la mujer se iluminó. Empezó a contestarle a Ricardo en Español. Había vivido en Guinea Española, donde había aprendido el idioma. Ricardo se sentía extraño, oyendo las palabras familiares en la boca de la vendedora, bajo la mirada de Bandiagara.

La mujer le dijo llamarse So. Tenía la piel tan oscura que parecía azul. Ricardo se acordaba de un viaje en el Sahara, donde había visto a las mujeres Tuareg. Tiñen las telas de sus vestidos en índigo, y de cierta manera, el color azul oscuro destiñe en la piel. So llevaba también un vestido amplio de color índigo. En cada oreja llevaba diez diminutos aretes de oro que formaban como una cadena. De cada lado de la nariz tenía otro arete de oro que formaban un triángulo con el que tenía en el labio inferior. Se levantó para enseñarle más pulseras a Ricardo. Era tan alta como él. Tendría unos veinte veinticinco años, daba una sensación de fuerza sensual. El vestido amplio disimulaba su cuerpo del cuello hasta los pies descalzos. Solo se veían su cara de pómulos altos, labios rellenos, y los brazos largos cubiertos de pulseras, y manos inmensas.

Ricardo compró una pulsera que no necesitaba realmente. Pero siempre hay ocasiones de regalos. Se despidió de So y regresó con Lefèbvre.

‑ ¿Ya terminó? Entonces, vámonos. Dijo Lefèbvre.

Cuando regresaron al campamento, Ricardo fue a su barraca a trabajar. No tenía ni la menor idea de por donde empezar. Bandiagara lo miraba por la ventana.

La comida y la tarde se estiraron interminablemente. Françoise había salido a otro pueblo y no regresaba hasta la noche. Ricardo se sentía un poco estúpido, con la pulsera en el bolsillo.

Françoise llegó a las siete. Fue directamente a ver a Ricardo:

‑ ¡Hola! ¿Cómo pasaste el día, con este calor?

Ricardo estaba sentado en su escritorio, frente a la ventana que llenaba la vista de Bandiagara.

‑ Bien, bien. Gracias, contestó Ricardo, y le contó el Togu na, el Hogon, el mercado, sin mencionar a So. Sacó la pulsera de su bolsillo:

‑ Te traje algo. Gracias por el otro día…

‑ ¡Ay! ¡Qué bonito! Françoise se puso la pulsera, encantada como niña chiquita. Miró a Ricardo, una chispa en el ojo.

– No había necesidad, ¡pero está muy bonita! ¡Gracias! Déjame, te pago. Le plantó un beso en los labios y se fue con una carcajada.

4

¡Harmattan! ¡Harmattan!

Los gritos despertaron a Ricardo. Había soñado. Una mezcla extraña. Bandiagara ululaba en el sueño. Estaban Françoise y luego So. No se acordaba bien de los detalles, pero el estado rígido de su sexo le decía algo sobre el tipo de sueño que había tenido.

Se había levantado el viento. Aullaba a lo largo de Bandiagara. Los llantos del Harmattan habían invadido los sueños de Ricardo.

Ricardo se vistió rápidamente. Cuando salió de la barraca, todos estaban a fuera. Los Dogons del campamento corrían por todos lados. Se oían gritos de alegría en el pueblo. Se acercó al grupo de los Franceses. Preguntó a Lefèbvre:

‑ ¿Qué pasa? ¿Por qué están todos como locos?

‑ Es el Harmattan, un viento que viene del Sahara. Anuncia la lluvia. Es por eso que están tan contentos. No me sorprendería que hagan una gran fiesta en estos días. Lefèbvre se detuvo, mirando a Ricardo:

‑ El Hogon vino esta mañana. Quería verte. No sé porque, pero me pareció preocupado. Dijo que estaría todo el día en el pueblo, que lo buscarás. Me extraña mucho, porque el Hogon nunca hace nada sin motivo.

Ricardo no se podía imaginar un motivo particular. Apenas se acordaba del Hogon entre todos los ancianos que había visto.

Fueron a desayunar con el resto del equipo. Hacían un esfuerzo para hablar inglés. Hasta Dominique se veía casi simpático. Françoise llevaba la pulsera de Ricardo en la muñeca. Hablaban los dos como si se hubieran conocido toda la vida, sin prisa, sin siquiera hacerse las preguntas de los que se acaban de conocer: de donde vienes, donde trabajas, porque estas en esto, estas casado, cuantos hijos tienes. Era como si Bandiagara los aislará del mundo exterior.

Después del desayuno, Ricardo se iba a su barraca, pensando en su reporte. ¡Lo tenía que empezar! Françoise lo alcanzó, corriendo.

‑ ¡Ricardo!

‑ ¿Sí?

‑ ¡Ven, urge!

Françoise lo agarró de la mano y sin dejarle tiempo de protestar, empezó a correr hacía la salida del campamento, hacía Bandiagara.

‑ ¿Pero, qué pasa? ¿Adónde vamos? ¿Que prisa tienes? Preguntó Ricardo, corriendo atrás de Françoise.

‑ Vamos a subir. ¿No querías conocer a la Gran Dama? Bandiagara no espera. Apúrate. No podemos llegar tarde a la cita con la abuela.

La risa, la alegría de Françoise eran comunicativas. Ricardo empezó a sonreír, a reírse, corriendo con ella, hasta que los dos llegarán a la Barranca, muertos de risa. Se sentaron en el suelo, abandonados por el aire, ganados por la euforia de la carrera, de la escapada.

‑ ¡Estás loca! Dijo Ricardo cuando las risas se habían apagado, dejándolo con una sensación deliciosa, relajada, que no había sentido en mucho tiempo.

‑ Y Tú, eres muy serio, dijo Françoise, apoyándole el índice en la nariz. No quería que nos acompañará nadie, para lo que te voy a enseñar. Ven, tenemos que aprovechar que el Harmattan no está demasiado fuerte. En los próximos días, ya no podremos subir.

Había una brecha en la Barranca. Un corredor de unos diez metros de ancho, donde las rocas caídas hacían como una escalera de gigantes. Ricardo pensó en los Tellem. ¿No eran gigantes?

Françoise subía entre las rocas, a un paso lento, constante. Se oía su respiración profunda, al ritmo de sus pasos. La pendiente no era muy fuerte, pero tenían que pasar rocas irregulares, a veces tomar apoyo con una mano. El viento facilitaba el ascenso, disminuyendo el calor. Ricardo trataba de concentrarse en el ritmo de Françoise. Sentía la falta de ejercicio. Françoise iba adelante, indicando a Ricardo los pasos difíciles, avisándole de una piedra suelta.

Después de media hora, casi llegaban al borde superior de la Barranca cuando Françoise deslizó en una piedra suelta. Ricardo se echó hacía adelante con los brazos abiertos. La recibió en sus brazos en el momento que se caía. Realmente no corría más peligro que quitarse unos buenos cachos de piel, pero verla caer tan cerca del abismo le había dado un golpe al corazón de Ricardo.

Se quedaron sin mover. La espalda de Françoise apoyada al pecho de Ricardo. Él cruzó los brazos, encerrándola. No hablaban. Esperaban que sus latidos se calmarán. Ricardo podía oler el perfume del cabello de Françoise. Tenía los labios tan cerca de su oreja que la quería besar. Le murmuró:

‑ ¡Qué susto me diste! ¿No se supone que tú eres la especialista? “¿Hice un poco de alpinismo en Francia?”

Françoise no le contestó de inmediato. Sin voltearse se recostó más en el pecho de Ricardo. Le apretó el brazo, con la mano.

‑ ¡Sí! ¡Seguramente es tu mala influencia! ¡Que bruta!

Ricardo la soltó. Ella se volteó. No había mucho espacio para alejarse. Se quedaron, separados por unos centímetros. Françoise estaba parada arriba de Ricardo, compensando la diferencia de altura, sus ojos amarrados en los de Ricardo. No se reía, no hablaba. Tomó la cara de Ricardo en sus manos, acariciando las mejillas con la punta de los dedos. Se acercó de Ricardo sin quitar las manos de su rostro.

‑ Gracias…

Sus labios estaban entreabiertos. Cuando Françoise lo besó, Ricardo le puso las manos sobre los hombros. Los labios de  Françoise eran increíblemente suaves. Ella empezó a insinuar su lengua en la boca de Ricardo, acariciando los dientes, la lengua. Giraba, volteaba, bailaba en su boca, en sus labios. Ricardo le mordía los labios delicadamente, respirando su aliento, bebiendo su saliva. Cuando se separaron, Françoise miró a Ricardo y soltó una carcajada:

‑ ¡Estás todo baboso!

Se volteó y empezó a subir, riéndose. Dijo:

‑ ¡El último en llegar es un imbécil!

Subieron los últimos metros como si fuera una carrera. Françoise llegó primero, de poco. Se paró a unos metros del borde, esperando a Ricardo. Le dio la mano, y lo llevó a unas rocas, frente al oriente. Françoise se sentó en el piso, con la espalda en una roca. Dobló las rodillas para hacerle un respaldo a Ricardo.

– Siéntate, y mira esto.

Ricardo se sentó, su espalda recostada en las rodillas de Françoise. Miró hacía el oriente, desde la cima de Bandiagara. Era el espectáculo más extraordinario que había visto. Se veía toda la sábana Dogon. Ningún obstáculo, ninguna montaña, ninguna construcción occidental, ninguna línea de alta tensión, nada rompía esa extensión inmensa. Sólo se veían los pueblos Dogon, casitas de juguetes, con su techo de palma, los baobab, las acacias…

Françoise lo encerró en sus brazos. Quedaba atrapado. Entre sus brazos y sus rodillas. Otra vez podía oler su perfume.

‑ ¿Entiendes porque la gente se enamora de África? Dijo Françoise. Por su belleza, por su magia. Aquí, no hay tele. Todavía. Aquí todavía puedes disfrutar el aire, el viento. No hay fábricas, los únicos ruidos que oyes no son de máquinas, son ruidos de la naturaleza, o de los animales, o de los campesinos… Cierra los ojos y escucha. ¿Oyes? ¿Qué oyes?

‑ El viento.

‑ El Harmattan, dijo Françoise. ¿Qué más?

‑ Voces. Un campesino llamando. Y, este llanto, ¿será Bandiagara?

‑ Sí. El Harmattan se insinúa en las rocas, las cuevas. En esta época, los Dogon dicen que Bandiagara canta.

Françoise miraba la nuca de Ricardo. El cabello negro, corto, con crespitos. Tenía ganas de morderlo. Empezó a peinarle el cabello, con los dedos, jugando con los crespitos, rascando suavemente donde empezaba el pelo, arriba de la nuca. Acercó su cabeza.

‑ Hueles rico.

‑ ¿Yo? Con este calor y la subida, me siento empapado.

‑ No. Hueles rico, dijo Françoise, apretándolo más.

Se quedaron silenciosos un tiempo que para los dos parecía eterno. Finalmente, Françoise dio un empujón a Ricardo.

‑ ¡Bueno, Señor! ¡Vamonos! ¡Los chismosos del campamento deben de estar mirando el reloj!

Regresaron al campamento por otro camino. Caminaban a dos metros de distancia, cada uno pensando:

– Y ahora ¿qué?

Llegando, Françoise dijo:

‑ Te veo por la noche. Tengo que ir a otro pueblo con Dominique.

Viéndole la cara, se rió:

‑ ¡No te preocupes! El nunca subió la Barranca. Le tiene miedo a las serpientes. ¡Bye!

*

Ricardo trató de seguir con su reporte al Banco Mundial. No sentía mucho ánimo para desarrollar el país Dogon. ¿Porqué no se quedaban así? Sin plástico, sin tele. Por la tarde llegó un anciano a la barraca. Tenía toda la pinta de brujo profesional: pieles de animales, huesitos colgados, pulseras de piel de serpiente, amuletos, gri‑gris… Venía con Lefèbvre.

‑ Ricardo, ¿te acuerdas del Hogon?

Lefèbvre hacía las presentaciones como si estuvieran en un cocktail.

‑ Sí, por supuesto. Mucho gusto. ¿Cómo está?, dijo Ricardo, extendiendo la mano.

El Hogon empezó un largo discurso animado, en Francés y en Dogon, que la traducción de Lefèbvre hacía más confuso aún. Ricardo entendió que el Hogon le tenía mucho interés, ¿o la tortuga de la camiseta? Que había interrogado el Zorro anoche, y que Ricardo tenía que tener cuidado con Lebé. Ricardo agradeció la atención, y el Hogon se fue con otras palabras de advertencia.

‑ ¿Qué es todo eso? Preguntó Ricardo.

‑ Ni P. idea. Quizá el Hogon te quería impresionar. ¿Quién sabe?

– ¿Quién es Lebé?

‑ Es el dios mayor de los Dogon. Un dios serpiente. O una diosa serpiente. Igual quería decirte que tuvieras cuidado con las serpientes. ¡Hay muchas, y bien bravas! Pero… no pienses más en esto. Nos vemos en la cena.

Con la noche, los llantos del Harmattan se habían reducido a un murmuro. Por el calor, todos vestían prendas ligeras. Françoise llevaba shorts beige y una camiseta blanca de algodón, sin mangas. Jugaba con la pulsera de Ricardo, pensativa. Ricardo pensaba en la mañana. ¿What next?

Cuando salían del comedor, Françoise se acercó de Ricardo y en voz baja le dijo:

‑ ¿Te gusta el Cointreau? ¿Sí? Te veo a las doce. En tu barraca. Adiós.

Eran las diez de la noche. Lefèbvre invitó a Ricardo a jugar cartas con Dominique y otro Francés que se llamaba Antoine. Ricardo declinó. Tenía que trabajar, dijo, aprovechar las horas más frescas.

Ricardo se fue a su barraca. Prendió la lámpara de gas. La planta eléctrica otra vez había muerto.

Françoise llegó a las doce y media. Ricardo ya no la esperaba. Traía una botella de Cointreau llena, con dos vasos de plástico.

‑ Ya sé, ya sé. Es tarde. ¡No te enojes! Estaba buscando los vasos. Tuve que esperar a que el cocinero se duerma. Ten, dijo, dándole los vasos.

Sirvió una cantidad generosa de Cointreau en cada vaso. Había una silla de madera y un sillón que visiblemente había conocido la época colonial. Se quedaron parados, frente a la ventana que llenaba Bandiagara.

‑ Tenemos que brindar, dijo Françoise. ¡A Bandiagara!

– ¡A Bandiagara! ¡Y a ti, Francesita!

Françoise tomó un trago de Cointreau, y se acercó a Ricardo. Se alzó en la punta de los pies. Lo besó con la boca llena del licor dulce. Abrió los labios pasando el Cointreau a la boca de Ricardo. Ricardo hundía sus dedos en el cabello rubio. Sus manos recorrían los hombros delgados, las caderas finas, los senos suaves. Se desvistieron lentamente, cada uno desabotonando la camisa, los shorts del otro. Cuando se cayó la ultima ropa, Ricardo tomó la mano de Françoise y se alejó para mirarla. La lámpara de gas lanzaba sombras en la barraca. Por la ventana, se veía la sombra masiva de Bandiagara.

Continuará…

 

Texto © BMO y Equinoxio

Thanks to the National Geographic for background research

Ilustraciones Inspiradas de Danses d’Afrique de Michel Huet. 

El Baobab de portada: David.

Recomiendo el sitio de la Unesco sobre Bandiagara:

http://whc.unesco.org/en/list/516/gallery/

 

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