Y la lluvia entró…

 

‑ Me acuerdo muy bien cuando llegó. Era un Sábado. El Sábado que empezó a llover. No lo vi personalmente aquel día. Me lo comentó Freddy.

‑ ¿Freddy Henderson?

‑ Sí. Él regresaba del lago. Había ido… a pescar… Eso es. ¡A pescar!

‑ ¿De noche? Digamos, que estaba cazando ilegalmente, con los faros del coche. No importa. Después hablaré con él. ¿Y luego?

‑ Llegó de noche. En un campero con placas de otro estado, de Tennessee. Pero no era de Tennessee, ni de acá, de Kentucky. Hablaba con acento del Norte. Puro Yankee. ¡Nadie más que un Yankee hubiera ido a la vieja casa en la montaña, en Abril! Llamó la atención, por supuesto. Un forastero. Y llega a la casa que era del viejo Simpson y ahora es de los Clark… Y tenía las llaves. Luego alguién comentó que se la había comprado a los Clark. Es que esa gente de afuera tiene toda la lana… Pero finalment no la había comprado. Creo que se la rentaba a los Clark.

‑ ¿Alguien alcanzó a ver lo que traía en el Jeep?

‑ ¡Te dije! Freddy! Vio el campero en el camino a la montaña, el que da la vuelta al lago. Entonces…

‑ ¿Entonces?

‑ Entonces, a Freddy se le hizo raro. Lo siguió para ver si podía ayudar en algo…

‑ Más bien, para curiosear… No importa. ¿Y tú? ¿Cuándo lo viste por primera vez?

‑ Al día siguiente. Ya sabes que tengo una cabaña del otro lado de la montaña. El tiempo estaba malo. Lloviznaba. Y la vieja casa se ve desde el camino. Vi el campero, entonces, subí a ver si no era un ladrón. Tenía la carabina lista en la pick‑up por si las “flies”…

‑ ¿Qué impresión te dio?

‑ ¿la primera impresión? Un tipo frío, no muy simpático. Luego lo conocí mejor. Pero al principio, lo sentí como arrogante. Cuando llegué a la vieja casa, estaba lloviendo más duro. Toda la casa estaba abierta. Hacía más de un año que el viejo Simpson había muerto, y él nunca había mantenido bien la casa: había unos cristales rotos por donde la lluvia entraba… Y los Clark sólo habían venido una vez. Como viven en Louisville…

‑ Al grano, Joey, ¿qué pensaste?

‑ Como te decía, toda la casa estaba abierta, para ventilarla, ¿no? Y él estaba a fuera. Levaba unos Jeans, con una camisa de cuadros rojos y negros, en lana. Típico de los del Norte, cuando vienen aquí… Se imaginan que todos andamos con camisas de cuadros rojos y negros y un gorro de mapache. Davy Crockett! Estaba parado en la veranda, las manos en el bolsillo. Ni Hola dijo. Se quedó parado ahí, sin decir una palabra, cuando me bajé de la pickup. Tampoco tenía mala cara, entonces dejé la carabina en la pickup… ¡Con la puerta abierta! Nunca sabes. Subí las escaleras hasta la veranda, le di la mano, le dije quien era, qué no sabía que alguien había rentado la casa de Simpson, digo de los Clark, etc.

‑ ¿Y qué dijo?

‑ Que “Hola”, que se llamaba Michael Ash. Yo no creí que se llamaba así.

‑ No sabemos. Estamos checando con Chattanooga.

‑ ¿Y cómo se llama?

‑ ¿Joey, que crees? Yo no te mentiría. No sabemos, todavía. A ver. ¿Qué más?

‑ ¡Bueno, que él había comprado o rentado la casa (no me fijé mucho), que estaba escribiendo un libro, que pensaba que,  en la calma de la cabaña, con la montaña frente al lago, podía encontrar la inspiración! Puro rollo de la gente de la ciudad. Me preguntó si había alguien en el pueblo que le podía ayudar a cambiar los cristales rotos. ¡Oye! ¿No tienen café? Hace bastante frío. Y tanto hablar reseca la lengua…

‑ Claro. ¡Dick! ¿Hay café?

‑ Sí. ¡Pero es de ayer!

‑ ¡Yuck! Bueno. Hacemos una pausa, mientras preparamos algo más decente.

* 

Cuenta la historia
Que el hombre
De la casa en la montaña
Se enamoró

Cuando llegó a la vieja casa en la montaña, ya era muy noche. A pesar de las indicaciones de la Agencia, se había perdido dos o tres veces. Cuando subió el caminito abrupto, los faros del campero iluminaron la casa. Era una cabaña de madera, con medias paredes de piedra. Esperaba que funcionará la chimenea. De todas maneras, traía todo su ropa de montaña. No iba a pasar frío. Paró el campero, frente a la casa, con las luces prendidas.

Se puso la chamarra, y subió las escaleras. Batalló con las llaves y logró abrir la puerta de madera pesada. En la Agencia, le habían dicho que iban a mandar a conectar la luz. El tablero estaba en la sala. La casa olía a pino y a humedad. Después de chocarse varias veces con los muebles, encontró el tablero, y prendió la luz.

Se iluminó la casa. Estaba en una sala de buen tamaño, amueblada en estilo Early American de los Setenta, con un autentico macramé colgado del techo. No faltaba ni la piel de oso enfrente de una enorme chimenea. Se agachó para tocar la piel de oso. Se levantó con una sonrisa: era sintética.

Fue a bajar su equipaje del campero: Una bolsa de dormir de alta montaña. ¡No sobraría, con la humedad! Una maleta muy viajada, comida que había comprado en Chattanooga, algunas herramientas, una carabina. La Agencia le había recomendado llevar una, porque la vieja casa estaba muy aislada, pero que no tendría que usarla. Conque la gente supiera que tenía una, era suficiente. Y también podía bajar uno que otro oso a checar la basura. También traía un equipo de sonido y una laptop.

Había leña seca al lado de la chimenea. Metió la cabeza adentro para asegurarse que el conducto no estuviera tapado por un nido o murciélagos. Todo estaba bien, y en pocos minutos la chimenea roncaba, dando por lo menos una impresión de calor. Iba a dormir en la sala.

La vieja casa en la montaña ya tenía otro aire. Había una cocina chica pero bien equipada, atrás, frente a los arboles, del lado de la montaña. Las dos recamaras no eran muy amplias, pero eran cómodas y limpias, aunque húmedas. Tendría que ventilar todo mañana.

Comió rápidamente unas latas. Mañana, iría al pueblo a comprar algo más fresco.

Salió a la veranda, a fumar un cigarro. Igual aprovecharía su estadía para dejar de fumar. Se adivinaba el lago a unos doscientos metros abajo, del otro lado del camino infernal que rodeaba el lago. Lloviznaba. Todavía había parches de nieve entre los pinos. Se quedó oyendo la noche, la lluvia. Mañana había que arreglar estos cristales rotos.

Y la lluvia entró… 

*

El café estaba recién hecho y malo. Pero calentaba.

‑ Bueno. ¿Y?

‑ Y… Nada especial. No era de acá, pero tampoco se veía mala persona. ¿Quién se hubiera imaginado? Le di el nombre de Charlie Watts en el pueblo para que le ayudará a arreglar sus cristales rotos…

‑ ¡Claro, entre cuñados!

‑ ¿Hay que ayudarse, no? ¿Sheriff? En fin,  no lo vi toda esta semana, pero Freddy me contó que había subido a la vieja casa entre semana, y que se oía música a todo volumen. Espantaba a todos los animales…

‑ ¿Lástima para Freddy, no?

‑ ¡Ay, Sheriff, ya sabe que Freddy no le haría daño a nadie!

‑ De acuerdo, no le haría daño a nadie, ¡pero a los venados protegidos, sí! ¡Y Freddy sabe muy bien que un día lo cacharé! ¿Cuándo lo volviste a ver?

‑ ¿A quién? ¿A Freddy?

‑ ¡Joey! ¡No juegues conmigo! ¡Cuándo volviste a ver al hombre de la vieja casa! Y apúrate, tengo que ver a otros tres testigos. ¡Y no he dormido de toda la noche!

‑ Bueno, bueno, no te enojes, yo no tengo nada que ver en este lío. Lo que yo digo es nada más para ayudar. Yo creo que  era un martes o un miércoles. Él estaba caminando en la orilla del lago. Parecía enojado. Hablaba solo. Gritaba casi. A veces tiraba piedras en el agua. ¡Qué tontería! ¡Espanta los peces!

*

Mas la mujer
A quien amaba
Nunca le correspondió
Las cosas que el cielo,
Las cosas que el cielo ve

 

Michael amaneció en la vieja casa fría. La chimenea se había apagado en la noche. Agregó mentalmente un calentador eléctrico a su lista de compras. Se baño con agua fría. ¡Checar el calentador de agua! Se vistió con Jeans, sweater de lana y una camisa de cuadros rojos y negros, regalo de Melanie, hace tres años, cuando habían ido a esquiar por primera vez, cuando todo parecía de sueño. Casi podía oler su perfume, cuando ella ponía las manos en sus hombros. Nunca las dejaba mucho tiempo. De los hombros, subía a su nuca, a jugar con su cabello.

¿Una semana, ya? No podía ser.

Salió. La lluvia se había ido. Esperaba que se llevaría los recuerdos. La vieja casa estaba en la punta del lago. Realmente no era un lago. Era una represa. Dependía del Tenessee Valley Authority. La central estaba del otro lado, a unos tres, cuatro kilómetros de la vieja casa. El lago estaba encajado entre las montañas. En el mapa, el lago se veía orientado de Norte a Sur. Si paraba de llover, disfrutaría del amanecer y del atardecer. Podía tomar unas buenas fotos, pero ¿quien las vería?

Desayunó unos huevos con tocino, pancakes con maple de verdad que le había costado una fortuna en Chattanooga. No sabía diferente del maple artificial que conocía, pero era real. Pancakes con maple en una vieja cabaña, perdida entre los pinos y el lago… Casi podía imaginarse los lobos en la noche… Como en las novelas de Jack London, que había leído de chico. Era un sueño esta cabaña. Sueño que hubiera querido compartir con Melanie, que habían compartido, hasta la última pelea. Hacía una semana.

*

‑ Michael.

‑ ¿Hmmm?

‑ Me voy.

‑ ¿Hmmm? Ah, bueno. ¿A esas horas? Son las once de la noche.

‑ Michael, no entiendes. ¡Me voy, me voy, me voy! ¡Se acabó!

Michael bajó la revista que usaba como aspiradora mental, para tratar de limpiarse la cabeza, cuando llegaba del trabajo, hyper‑acelerado, incapaz de pensar. Miró a Melanie, sus ojos azules, que hacían una combinación única con el cabello castaño oscuro, lizo. Pensó en la nube que hacía el pelo de Melanie en la almohada, después de hacer el amor. Pero, ahora, sus ojos se veían casi negros, oscurecidos por una furia sin controlar. No era la primera vez que la veía así. La tele estaba apagada, pero la telenovela iba a empezar en vivo.

‑ ¿Oíste? Me voy. Yo ya no aguanto más. Nunca estás. Llegas como zombi, te pones a leer. Ni hemos hablado dos palabras en esta semana. Me voy.

‑ Pero…

‑ Ni me digas que no va durar. Ya oí los argumentos tantas veces. Me los sé todos de memoria. Ni me lleves a la cama, como siempre, para reconciliarnos. Seguramente, acabas de coger a tu secretaria en el hotel de la esquina, y no la vas a poder levantar.

Michael se levantó, Melanie sabía muy bien como enojarlo.

‑ Tu sabes perfectamente que con Clarissa fue una sola vez, hace dos años, y ella ya no está. Tú eres la única con quien…

‑ ¡Entonces, no coges a nadie! ¡Está tan agotado cuando llegas, que te acuestas y ya! ¿O será que ya no la haces? ¿Ya no puedes, no?

La bofetada sonó en el apartamento, apagando los gritos. Melanie miró a Michael, se tocó la mejilla como quemada por el golpe. Los ojos claros se llenaron de lágrimas. Se volteó y salió sin decir una palabra.

Michael temblaba de coraje, de vergüenza. Era la primera vez en su vida que había golpeado a Melanie. Fue a la ventana que daba a la calle, un piso abajo. Estaba lloviendo. Fue al cuarto, vio la maleta que Melanie había dejado. Michael tiró la maleta por la ventana.

Michael se sentó en el sofá. Había dejado la ventana abierta.

Y la lluvia entró…

*

Y la lluvia entró
A la vieja casa
Por el viejo cristal 

Michael miraba el lago. Se disipaba la neblina y se alcanzaba a ver la otra punta. Los pinos se veían más negros. La temperatura había subido en la noche. En dos días, ya no habría nieve en el piso. La lluvia había parado. En un rayo de sol tímido, habían salido dos ardillas enflaquecidas por el invierno.

Michael fue a la cocina. No tenía nueces. No creía que las ardillas comieran tocino o verduras en lata,  ¿pero pan? Se sentó en la veranda y empezó a tirar pedazos de pan a las ardillas. Con el primer pedazo, una ardilla se escondió atrás de un pino. La otra, más atrevida, o más hambrienta, se acercó. Michael esperó, sin mover. Chip (o Dale?) olió el trozo de pan. Se sentó, paró la cola y empezó a comer. Michael tiraba el pan cada vez más cerca de la veranda. Volvió a mirar el lago. Cuando bajó los ojos, otra vez, una docena de ardillas había caído del cielo o salido de la tierra para pelearse el pan.

No se perdonaba la bofetada. Dos minutos después de tirar la maleta, fue a la ventana. No había nada. Ni el coche que Melanie siempre estacionaba a fuera, ni la maleta. Buscó a Melanie toda la  noche. Despertó a todos los amigos en donde se hubiera podido quedar. En vano. Puso un anuncio en el periódico. Dejó recado con todos los meseros de los restaurantes donde acostumbraban cenar. Finalmente llamó a la madre de Melanie, que por supuesto lo mandó a volar. Logró decirle que si Melanie un día lo podía perdonar, lo encontraría en la cabaña que había comprado en Kentucky. Que Melanie sabía.

*

‑ ¿Y el perro? ¿Cómo fue eso?

‑ Se lo presté. O más bien el perro se prestó. Es un perro muy vagabundo. Nunca le gustó quedarse en un solo lugar, y cómo es muy amigable, va de casa en casa y, a veces, se queda unos cuantos días, y regresa. Yo creo que se cansa de la comida. Por eso se va.

‑ ¿Y esta vez?

‑ Pues… Le gustó la comida. O le gustó el tipo. Quizá él no era tan malo con los animales como con las mujeres. En fin. Hacía cuatro días que el perro no había regresado a la casa, entonces, saqué la pickup a dar una vuelta para ver si lo encontraba.

‑ ¿Y fuiste a la vieja casa?

‑ Si, para preguntarle al tipo si no había visto un Labrador.

*

Y la lluvia entró
A la vieja casa
Por el viejo cristal
En la vieja montaña 

 

El perro llegó una mañana que Michael estaba alimentando su colonia de ardillas. El perro estaba embarrado, y tan cansado que ni siquiera intentó con las ardillas. Pero ellas no tomaron chances y volaron, buscando refugio en los pinos más cercanos para poder insultar al perro con toda seguridad.

‑ ¡Hola perro! ¿Qué haces por  aquí?

Michael no había visto a nadie en los últimos cuatro días. Las visitas de curiosidad de los primeros días se habían hecho más escasas. Por fin tenía la tranquilidad que buscaba. El único en venir cada dos o tres días era Joey. Se tomaban un café caliente en la veranda. Con un shot de Bourbon. Pa’l frío. Joey hablaba poco, y hacía menos preguntas. Disfrutaban la vista cuando no llovía.

El perro estaba tan sucio que Michael no podía determinar su raza. Tenía buena cara. En dos segundos saludó a Michael tan efusivamente que lo embarró de lodo.

‑ Ven, vamos a ver que hacemos contigo.

Michael llevó el perro a la cocina. Le dio de comer una lata de “corned beef” que desapareció en dos golpes de mandíbula. Cuando el perro había acabado la tercera lata, Michael decidió que era suficiente y buscó un cepillo para tratar de limpiar al perro. El tiempo no se prestaba a un baño.

Al otro día, Joey llegó a las diez. Michael estaba jugando con el perro.

‑ ¡Hola, Michael! ¡Hola, Bill!

‑ ¿Bill?

‑ Sí. Bill. Es mi perro. Lo estaba buscando. A veces se desaparece por varios días. Hola perro. Hola Bill. ¿Dónde andabas, eh?

Bill trató de combinar un aire de dignidad y arrepentimiento poco compatibles con un Labrador. Cuando se dio cuenta que no lo lograba, se decidió por otra táctica: hacer caer a su amo para que le perdonará.

‑ ¡Ya! ¡Ya! Joey evitó la caída y se puso a reír. Este es mi Bill.

‑ Joey, ¿por qué lo llamaste Bill? No es un nombre común para un perro…

Joey se sentó en la veranda. Empezó a reír.

‑ ¿Cuál es el chiste? ¿Porqué se llama Bill?

‑ Lo llamé Bill por el nuevo Sheriff. Bueno, no tan nuevo. Tiene siete años aquí, pero no se ubica. Todavía se cree en Nashville, en la ciudad grande. Además es de Tennessee. No de acá. Entonces, cuando compré el perrito, se veía todo gordito…

‑ ¿Como el Sheriff? Vino a verme la semana pasada. Michael empezaba a reír.

‑ Sí. Como el Sheriff. Todo gordito, y con la misma cara arrugada, que se le caen las cejas, y con las mejillas sopladas. Así.

Joey hizo una cara, mitad Labrador, mitad Sheriff. Los dos hombres se reían tanto que les faltaba el aire. Minutos después, recuperados, con lagrimas en los ojos, Joey dijo:

‑ Pero fue injusto llamar el perro Bill.

‑ Si, contestó Michael. Pobre Sheriff.

‑ ¿Qué pobre Sheriff? ¡Pobre perro!

‑ ¿Por qué? No entiendo.

‑ Es totalmente injusto para el perro. Porque… ¡Es mucho más inteligente que el Sheriff!

Todavía se reían cuando la lluvia los obligó a entrar a la vieja casa en la montaña.

*

¿Y la mujer?

‑ Era bien guapa.

‑ ¡No te estoy preguntando esto! ¿Cómo estaba? ¿Presionada? ¿Peleaban?

‑ Un día subí a la vieja casa. Bill se había desaparecido otra vez y…

‑ ¡Qué nombre tan estúpido para un perro!

‑ Ya le dije, Sheriff. Tenía un tío que quería mucho a los perros y…

‑ No importa. ¿Entonces?

‑ Entonces, subí a la vieja casa, y por cierto, ahí estaban los tres. Michael, Bill y la chava. Había otro coche. Uno azul, de la ciudad, que no sirve para nada aquí, es lo que yo digo. Si era guapa. Lástima. Pero se veía bien. Parecían contentos, él sobre todo.

*

Las cosas que el cielo ve
La mujer,
la casa y él 

Michael estaba preparando la cena. Bill miraba los preparativos con sumo interés. Su pretención de ayudar escondían motivaciones tan obvias que Michael lo tenía controlado. ¡Sit!

Bill oyó o sintió el coche primero. Salió y empezó a ladrar en la veranda. Y de repente se calló.

‑ ¡Bill! ¡Bill! Ven.

Michael oyó un coche. Se apagó el motor. Salió para ver a Bill saludando a Melanie a su habitual manera efusiva y embarradora. Melanie odiaba a los perros.

‑ ¡Michael! ¡Quítame ese monstruo de encima!

‑ ¡Bill! ¡Ya! ¡Quieto!

‑ ¿Desde  cuando tienes perro?

Michael podía ver la luz peligrosa en los ojos de Melanie.

‑ No es mío. Es de un tipo del pueblo. Viene aquí por unos días y se va. El perro. No el tipo. Luego regresa. El perro. Y el tipo. También. Hola Melanie.

‑ Hola.

‑ Mel. ¿Me perdonas?

‑ No. No te perdono.

Se miraban. Michael quería hundirse en los ojos de Melanie. Se acercó. Y Melanie se lanzó en sus brazos.

 *

‑ ¿Quién dio el paliacate a B…? ? ¿Al perro?

‑ Melanie.

‑ ¿No me acabas de decir que odiaba a los perros?

‑ A Bill, no. Quizá le gustó el nombre…

‑ ¡Joey!

‑ Perdón, Sheriff. Entonces decía que Melanie le había regalado el paliacate al perro, como collar. Decía que así se veía más guapo. ¿Nunca ha usado un paliacate, Sheriff?

‑ Joey, si sigues así, te vas a quedar. Tengo una bonita celda desocupada.

‑ Bueno, bueno. Lo que digo, era un chiste nada más. Hace tres horas que me tienen aquí y yo no tengo nada que ver en todo esto.

‑ ¿Nunca los viste pelear?

‑ Nunca Sheriff. Aunque… ¿Se acuerda cuando fueron los dos al pueblo, a la farmacia, que ella tenía la cara hinchada, morada? ¿Que dijeron que ella se había caído de la veranda?

‑ Sí. Me contó Carter. ¿Y?

‑ Nada. Yo creo que fue así. O más bien, Lo creía, hasta ayer.

 *

Ella dijo
Di que me amas
Di que eres mío
Y el alma le robó 

 

Michael estaba sentado en la veranda. Tanto había esperado que Melanie viniera a la vieja casa en la montaña. Y ya sabía que no iba a funcionar. Era como si hubiera venido nada más a continuar la pelea. Odiaba todo: la lluvia que todavía entraba por una ventana, la humedad. Odiaba el lago. Odiaba los pinos, el viento, las ardillas. Las caminatas a la orilla del agua la dejaban fría. El único que no odiaba era Bill. Michael sospechaba que era otra manera de llegarle a él.

No podía seguir así. El odio de Melanie era comunicativo. Y no sabía cuanto tiempo podía controlarse. Tampoco soportaba la idea de perderla…

*

‑ ¿Cuándo te diste cuenta que algo había pasado?

‑ Esta mañana, Sheriff. Ya se lo dije cinco veces.

‑ Me gustaría oírlo otra vez. A ver.

‑ Bill legó a las cuatro, cinco de la mañana, con el paliacate manchado. Se me hizo que era sangre.

‑ Lo van a analizar en Louisville. ¿Luego?

‑ Bill estaba muy inquieto. Chillando. Ya sabes. Pensé que se había lastimado. Pero no tenía nada. Entonces, me fui a la vieja casa en la montaña. A ver si no había pasado nada.

‑ ¿Y que encontraste?

‑ No había nadie. Solo estaba el coche de Melanie. El campero no estaba. No quedaba nada adentro. El compact, la laptop… Nada. Pero había mucha sangre en la sala y en la cocina.

‑ ¿Crees que la mató?

‑ No sé. No soy Sheriff. No creo. Espero que no. Bueno. ¿Ya me puedo ir?

‑ Sí. Nada más firmas tu deposición.

*

Joey salió de la oficina del Sheriff. Bill lo seguía. Subieron a la pickup. Joey sonreía. ¡Pobre Sheriff! ¡Nunca iba a encontrar a Michael! Joey tomó el camino de la vieja casa.

Cuando llegó a la cabaña desierta. Sacó un papel de su chamarra. Lo volvió a leer por última vez.

Joey.

     Me voy. No me quiero quedar más en esta casa. El coche de Melanie no arranca. Haz  lo que quieras con él. Melanie se  cortó con un cuchillo en la cocina. Nada grave, pero muy impresionante. Derramó sangre por todos lados antes de que yo logrará calmarla y vendarla.

     Te dejo el paliacate de Bill. Me temo que está un poco manchado.     

     Creo eso fue la última gota, y la última pelea. Voy a llevar  a  Melanie a dondequiera. Y  yo me voy a otro lugar, no sé a donde, pero no quiero nada de mi última vida. Te regalo lo que traía aquí, los compacts, la laptop. Lo vendes o te quedas con todo, no me importa. No nos busques. No regresaré a mi vida anterior.

          Gracias,

          Michael

     PD. No es mi verdadero nombre, pero ya lo sabías, ¿no?

Llovía otra vez. Joey sacó un encendedor del bolsillo. Quemó la carta de Michael. Nunca iba a saber lo que había pasado realmente. Pero el Sheriff tampoco. Era su problema.

Levantó la cabeza para mirar la vieja casa. Una ventana abierta sonaba con el viento.

Y la lluvia entró a la vieja casa,

por el viejo cristal en la vieja montaña.

Y la lluvia entró, robó el recuerdo y se fue.

FÍN

Texto y portada © BMO y Equinoxio

Letra de “La lluvia entró” © Emmanuel

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s